
El Foro Económico Mundial dijo este año que en 2025 más del 30% de los trabajos actuales van a ser realizados por robots o inteligencia artificial. Y que el 65% de los niños que entran en primaria van a trabajar en empleos que hoy no existen. El cambio no es sólo para el que trabaja en el campo o en la fábrica, el cambio es transversal y afecta a prácticamente cualquier actividad laboral. La pregunta no es tanto si aquello en lo que trabajamos dejará algún día de hacerse sino cuándo llegará ese día.
Como al fuego, tememos y adoramos el progreso a partes iguales. Destrucción creativa, lo llamó el economista Joseph Schumpeter. Destrucción creativa son hoy la economía compartida (Uber), las energías renovables o la Universidad on-line de calidad. La tarea de los gobiernos y de los reguladores debería ser generar y adoptar la innovación si ésta trae beneficios a la sociedad en general y está exenta de riesgo, eliminando o amortiguando sus efectos negativos. Tratamos de hacerlo, pero la realidad es que la resistencia a la innovación disruptiva y la dificultad para socializar sus beneficios está sólidamente asentada en nuestras instituciones. Esta rigidez económica al servicio de minorías de poder establecido debería ser el centro del debate pero casi no sale en la foto. No la identificamos en la España que crece al 3% anual con un 20% de desempleo. O en la clase media americana que adora a Trump.
Los robots ya hacen hoy el 80% del trabajo en la fabricación de un coche. Pero no falta mucho para que salgan de las cadenas de montaje y sustituyan empleos que hoy consideramos propios del ser humano. La imaginación nos da para ver a robots en la cocina de un restaurante o reemplazando al farmacéutico que nos atiende. Se espera que en menos de diez años el 10% de los coches que circulan por Estados Unidos no necesiten conductor. El automóvil será ahora sí «auto» y muy probablemente pocos aspiremos a tener uno. Conducir dejará de ser un placer y tendrá más sentido como servicio, compartido o no, tal y como pretende Uber o como también ha empezado a suceder con la música, el alojamiento o los libros (Spotify, Airbnb, Kindle Library). La inteligencia artificial, detrás de todos estos cambios, entrará cada vez más en tareas tales como el diagnóstico médico o en lugares tan imprevisibles como los consejos de administración de las empresas, donde contribuirán al análisis de riesgos y toma de decisiones. No falta nada para que gran parte de los artículos de prensa que leemos mejoren su calidad al ser escritos por computadoras. Al robot de «Cortocircuito» le faltaban datos, justo lo que ahora sobra en la época de Google. Las impresoras 3D servirán para fabricar prácticamente cualquier objeto cambiando por completo la industria y nuestra forma de consumir, el coste de los productos y de los servicios. Su aplicación a la impresión de órganos está cada vez más cerca («bioprinting«). La modificación genética nos ayudará a curar enfermedades y a mejorar la producción agrícola.
En el largo plazo no es difícil visualizar un mundo en el que las máquinas harán casi todo lo que hoy consideramos trabajo por nosotros. ¿No es esto lo más parecido al paraíso? Puede serlo en el largo plazo, y quién sabe, pero la transición hacia ese mundo no va a ser un camino de rosas. Como se dijo en un informe del Club de Roma en 1997, «el camino hacia el paraíso empieza a parecer cada vez más el camino hacia el infierno».
No sé si infierno, pero sí purgatorio. Nos enfrentamos a cambios de una profundidad, velocidad y capacidad para afectar nuestra forma de vivir (en un sentido amplio) que no hemos vivido nunca. A una revolución para la que el mundo esté probablemente menos preparado aún que aquél de la Segunda Revolución Industrial en el siglo XIX. El individuo o el país innovador tendrá cada vez mayor ventaja competitiva. La mano de obra barata será un factor mucho menos influyente en un mundo automatizado, lo cual perjudicará a países como México. La destrucción masiva de puestos de trabajo hará que aumente el desempleo pero también la precariedad. La paradoja actual, en la que en países con un gran desempleo muchas empresas parecen no encontrar el talento que necesitan, será cada vez más cierta en una sociedad a remolque. La inversión en capital humano será cada vez más importante para cada vez menos personas. La desigualdad seguirá creciendo en un mundo donde el trabajador medio pierde cada vez más importancia frente al capital y donde el país menos desarrollado no puede competir porque no tiene las instituciones ni el recurso económico y humano para generar y adoptar innovación tecnológica al ritmo suficiente para engancharse al carro. La trampa de la pobreza será más trampa que nunca.
Este mundo apocalíptico en el que ya estamos sin darnos cuenta, el mundo del «winner-takes-it-all», será cada vez más cierto si algo no cambia. El sistema económico no sirve, las instituciones se han quedado atrás y, sobre todo, el sistema educativo no responde a las necesidades de este mundo y del que está por llegar. ¿Cómo creamos una sociedad donde el progreso tecnológico se pueda adoptar con rapidez sin arrasar con varias generaciones de personas? ¿Cómo vamos a educar a nuestros hijos si no sabemos en qué van a trabajar? ¿Cómo vamos a conseguir que sean felices en un mundo que no conocemos y en el que probablemente tengan que adaptarse a cambios cada vez más rápidos? ¿Qué vamos a hacer cuando nuestro puesto de trabajo desaparezca?
«Pisamos y no pisamos el mismo río; somos y no somos», decía Heráclito hace 2,500 años. Todo fluye, nada es estático excepto el progreso, ese fuego central que nunca se apaga.
