
O donde no haya que trabajar. Un mundo en el que se hablaría con sorna de nuestra época de la depresión post jubilación, la pobreza extrema, la preocupación por la pirámide poblacional y el empeño porque todo el mundo trabaje aunque sea por sueldos indignos. Un mundo en el que los políticos no prometerían puestos de trabajo que no pueden prometer sino igualdad de oportunidades.
Nuestro sistema económico gira alrededor de la necesidad de crear empleos. El trabajador genera demanda de productos y servicios que alimentan a las empresas que, a su vez, generan más empleo. Tener un trabajo remunerado es aquello para lo que nos dicen que sirve la educación de la escuela, es lo que nos podría permitir vivir holgadamente o, en según qué lugar, la única manera de subsistir. Y el empleado paga gran parte de los impuestos que sostienen el estado del bienestar. El beneficio proporcionado por el capital, cada vez más acumulado en pocas manos, se distribuye a cambio de trabajo al resto de la sociedad.
Pero, ¿qué va a suceder cuando haya robots, autómatas, computadoras que hagan muchos de los trabajos que existen en la actualidad mejor y por menos coste que el ser humano? Cuando prefiramos montarnos en un autobús si no necesita conductor o nos dé miedo ver a un médico operando en quirófano con sus manos de pulso no tan perfecto. La historia nos puede hacer pensar que estamos en una situación parecida a la de hace 200 años con la entrada de maquinaria sustituyendo fuerza de trabajo. Según esto, se pasaría por un periodo duro de ajuste con gran destrucción de empleo pero, en el largo plazo, se volvería a crear éste con la aparición de nuevas necesidades: trabajos, servicios y bienes que hoy no existen. ¿Podemos contar con que se repetirá esta parte de la historia? Yo no lo tengo tan claro. No para todo el mundo.
Dinamarca lleva tiempo utilizando un sistema que ahora más que nunca capta la atención del resto. El «flexicurity» danés combina una gran facilidad para contratar y despedir trabajadores por parte de las empresas (flexibilidad) con una cobertura amplia en caso de despido (seguridad). Una tercera pata sostiene el sistema: exigir a los desempleados participar en programas de formación y en la aceptación de trabajos. Este sistema ha demostrado su efectividad en el largo plazo y puede haber puesto a este país en un punto de partida excelente para afrontar los retos del corto y del largo plazo.
La generación y la adopción de tecnologías disruptivas y la capacidad para transformar modelos de negocio van a ser factores cada vez más importantes para los países. Es necesario romper la paradoja de la productividad. Aquellos que lean bien la necesidad de crear un sistema en el que las empresas puedan realizar estos procesos con velocidad serán los que más rápido se adapten y puedan liderar los cambios de lo que muchos llaman la Cuarta Revolución Industrial. El discurso tiene que cambiar, los sistemas económicos van a ser insostenibles si no se combate la desigualdad y la resistencia a la destrucción creativa con sistemas de redistribución de riqueza y de flexibilidad laboral y empresarial.
La preocupación es generalizada y ha hecho sacar del cajón el asunto de la renta básica universal. Un sueldo por parte del gobierno a cada uno de los ciudadanos independientemente de si trabaja o no. Sueldo, educación, sanidad y vivienda, si queremos que funcione. Las empresas dejarían de tener problemas morales o de imagen para optimizar permanentemente sus plantillas y el coste del despido podría ser nulo. El sistema sería fantástico para luchar contra el fracaso escolar que tiene mucho que ver con el nivel socioeconómico de las familias (la trampa de la pobreza). El señor que está en la gasolinera despachando el producto estaría mejor en casa educando a sus hijos o estudiando una carrera o haciendo un trabajo productivo y gratificante para él, y la empresa amortizaría con su ausencia la instalación de estaciones de autoservicio, ya que nadie haría ese trabajo por un sueldo mísero. Hoy en día en lugares como España la principal barrera para emprender un negocio es el miedo a que éste salga mal. Esta cobertura aliviaría el temor y ayudaría a la generación de ideas y de empresas que promuevan aumentos en la productividad y en la riqueza. La jubilación dejaría de ser un problema para ser una posibilidad de elección permanente. Cada quien podría perseguir mucho más fácilmente su verdadera vocación, aquello en lo que podemos ser realmente mejores.
C.H. Douglas ya propuso la implantación de un dividendo nacional como parte del «socred» en los años 20. En Suiza se acaba de votar la renta básica universal en referéndum, un buen paso para poner el asunto en los periódicos, y en Países Bajos y Finlandia se están planeando pruebas pilotos en este sentido. La recaudación fiscal actual en Europa permitiría comenzar ya con una renta básica significativa si se reestructurara el gasto social de los gobiernos. Sin embargo, dudo que algún país esté preparado aún para esto. Muchos consideran inmoral y degradante que trabajar sea simplemente una opción. Y está el problema de las fronteras. Tendría que haber un cambio enorme en el sistema educativo, la cultura social y ética y las instituciones casi de cualquier tipo.
El paralelismo con la Segunda Revolución Industrial es evidente, pero la historia nos demuestra una y otra vez que no debemos caer en el error de endulzarla para justificar la inacción.
