Atención, noticia. Ese tipo, el de la barra del bar, el que siempre tiene la solución a los problemas del gobierno y del equipo de fútbol, el que desprecia a las mujeres pero le tiene pavor a su esposa, el que habla a gritos y amenaza con el puño puede ser presidente de Estados Unidos. Del país que se jacta de tener la democracia moderna más longeva. Del país con el ejército más poderoso.

¿Por qué?

Trump está triunfando precisamente porque la democracia es ahora más real que nunca. Entender si ha sido bueno o no el acuerdo NAFTA de libre comercio, qué hizo bien y qué hizo mal Obama, cómo ha ayudado y cómo ha perjudicado la globalización o cuáles son las consecuencias del neoliberalismo son preguntas que habitualmente dejamos en manos de algunos periodistas, economistas o filósofos en quien confiamos, con objeto de que nos hagan digerible la realidad compleja y nos den una opinión razonada sobre la que actuar en consecuencia. Pero esto está cambiando. Si bien Trump ha tenido mucha cobertura en los medios de comunicación, la mayoría de éstos, independientemente de su línea editorial, se han posicionado claramente en contra. Algo parecido a lo que sucedió con el Brexit. Los Savater, Stiglitz, Krauze y el párroco del pueblo compiten ahora con una miríada de personas que tienen la manera, y están en su derecho, de crear opinión. ¿Es esto mejor? ¿No se ha criticado siempre el poder excesivo de los medios de comunicación de masas, de los intelectuales y de las iglesias? Por el momento, parece que no. Cuando se habla de educación infantil, la Universidad de Harvard pone el foco en eso que José Antonio de Marina lleva tiempo reivindicando y llama la inteligencia ejecutiva, que es la que guía nuestra existencia, nuestras metas, nuestros deseos y regula qué ideas de las que genera nuestro cerebro son buenas y qué ideas debemos bloquear y controlar. Podríamos decir que nuestra civilización, la de Internet, genera ideas con una espontaneidad, pasión y creatividad potencialmente maravillosas pero sin una inteligencia ejecutiva que las regule.

El votante, más libre e informado que nunca en la historia, se ha rebelado contra esa oligarquía intelectual y moral y apuesta por opciones políticas que hace años serían impensables. El control tradicional que imponía un número limitado de opciones políticamente correctas y un debate ideológico sesgado ha desaparecido y nos hemos topado de bruces con una sociedad que ahora parecemos desconocer, como si de repente nuestros vecinos hubieran mutado en alienígenas que incomprensiblemente disfrutan de los reality shows y de conocer las intimidades de los futbolistas. En realidad, el resultado debería haber sido previsible y, en este sentido, podríamos caer en la tentación de pensar que Trump ha sabido leer la situación mejor que nadie. Nada más falso. Trump, simplemente, pasaba por ahí y encajaba con lo que el público quiere. Diversión y soluciones sencillas con efecto inmediato. Si perdemos el empleo, echamos a los inmigrantes; si las ciudades son inseguras, construimos muros; si los sueldos son bajos, nos traemos las fábricas. «Make America great again». Me suena bien, tiene que funcionar, ése es el criterio real del votante medio. Su juego es el circo (los payasos, los malabaristas, los magos) donde se acepta con naturalidad que todo sea mentira. Una sociedad sin inteligencia ejecutiva se ve bien reflejada en un personaje extremo, de ego infinito y sin control emocional aparente. Trump se viste de Homer Simpson para agradar al americano medio, pero su número de antihéroe definitivo es el de azote de los Flanders, el caballero desfacedor de entuertos que lucha contra el «establishment» para alborozo del público cortesano.

Tal es la degradación cultural de nuestro mundo, la falta de pensamiento crítico y de valores, la fortaleza e inercia del circo, que la única estrategia que parece estar funcionando de parar a Trump es atacando su vida personal. Llamando a los corazones de algunos votantes que aún consideran reprobable que su futuro presidente sea capaz de despreciar a las mujeres con frases por las que debería estar preso. Los argumentos racionales no funcionan. Debatir es absurdo y demostrar que Trump miente ha sido contraproducente provocando lo que algunos llaman «backfire effect«.

El fenómeno Trump no tiene nada de anecdótico ni de aislado. Estamos metidos en un problema gravísimo a nivel global. Como bien explica Vargas Llosa en La Civilización del Espectáculo, el ocio más burdo y alienante es una droga que ha convertido a todos los estratos sociales en adictos a las emociones fuertes, una droga de la que cada vez necesita una dosis más alta el individuo y cuyo síndrome de abstinencia, el aburrimiento, no es una condición pasajera sin importancia. George Steiner advierte del poder destructivo de este aburrimiento, el gran ennui, como germen de las revoluciones y guerras mundiales del siglo pasado. No es el mundo en que creíamos vivir y menos lo va a ser cuando la tecnología pise a fondo el acelerador de la destrucción de empleo y reaparezcan los luditas y el Kulturpessimismus. El aburrimiento va a ser ensordecedor. Las instituciones, la forma de gobierno, la estabilidad geopolítica, la democracia, todo está en juego. Estamos en una coyuntura crítica y la élite dirigente sigue mirándose en el espejo y aprendiendo pasos de baile para el programa de humor nocturno.

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