Cuando Rudy Fernández llegó a la NBA, le sorprendió mucho que en el curso de introducción a los jugadores novatos hubiera constantes advertencias sobre el consumo de drogas y el uso de armas de fuego. Se preguntaba por qué esos chavales deportistas de Estados Unidos no eran «normales», expresión muy de España, donde lo más que llegaban a hacer él y sus amigos era tomarse unas cervezas después de jugar al basket. Estaba claro que no había visto The Wire, que en ese año 2008 iba ya por su última temporada.

El hilo conductor de The Wire es la historia de unos policías de Baltimore que resuelven casos criminales utilizando la mejor tecnología de la época. The Wire son esos teléfonos pinchados y esas cámaras de fibra óptica con que se consiguen las evidencias necesarias para llevar los casos a juicio.

Pero The Wire, como cualquier buen relato, no tiene un solo hilo. La fascinación por los avances tecnológicos es clara y la asienta en su época más de lo que seguro los guionistas imaginaron. Cuando se empezó a rodar aún no existían Facebook, Twitter ni el iPhone. Y eso se nota también en el ritmo al que avanza la historia, que es más lento y poético de lo que tolera ahora el espectador en tiempos de los 140 caracteres. Pero la historia no ha perdido sino ganado vigencia en lo que, considero, es su verdadero hilo principal. The Wire trae a nuestra vida un contacto íntimo con la realidad social de Estados Unidos como sólo la ficción puede hacerlo. The Wire es Baltimore y Baltimore es Estados Unidos mucho más de lo que pudiera parecer leyendo prensa. Como había hecho Traffic, la trama representa que el sistema es mafia y el alcohol es droga, pero que la cárcel, la muerte y la miseria son sólo para los que nacen y crecen en esos guetos físicos y mentales. La serie nos enseña muy bien la conexión parásita y lucrativa que hay entre el poder y la pobreza, nos sumerge en una división y una desigualdad económica y racial tan estructural e inamovible como el suelo sobre el que los «corner boys» venden droga.

Baltimore fue una de esas ciudades en las que se produjeron enfrentamientos entre la población y la policía en el año 2015. Freddy Grey, de raza negra, había muerto mientras estaba bajo custodia policial y el asunto de la división racial volvió a los medios con fuerza y con preguntas que ahí siguen, aunque la historia más reciente parece estar respondiéndolas: ¿cómo puede suceder esto en un país que por primera vez tiene un presidente de color? ¿No estaba este asunto ya superado? The Economist publicó por esas fechas datos en los que se decía que si la comunidad negra estadounidense fuera un país, el índice de homicidios (18.2 por cada 100,000 habitantes) estaría muy cerca del de México (21.5) y la esperanza de vida (75 años) sería menor que la del vecino de la frontera sur (76). Uno de cada 9 niños de raza negra en Estados Unidos tiene a su padre o a su madre en la cárcel.

Esta realidad resulta difícil de imaginar desde afuera, entre otras cosas porque la imagen que llega a través de los medios de comunicación viene distorsionada por el discurso políticamente correcto. Estados Unidos necesita que ese discurso se haga realidad, que funcione como vía pedagógica, pero la tarea no es tan sencilla. Trump ha llegado al poder diciendo ese discurso no nos representa, ¿a quién queremos engañar?, y su elección demuestra, una vez más, que la cultura de los pueblos tiene una inercia enorme y que no hay nada que la política pueda hacer en el corto plazo (sin derramar sangre). Se necesitan cambios estructurales, denuncia, trabajo en las comunidades locales, pero sobre todo tiempo, mucho tiempo, para modificar este fenómeno de la «resegregación», para que las conquistas realizadas en derechos civiles en los últimos 50 años se vuelvan de verdad derechos en la vida de gente como los chicos que van a la escuela en The Wire. O en gente como Little, la infancia rota de Moonlight a la que el cine consigue llevarnos mental y físicamente para que sintamos qué es ser un niño y nacer en un agujero social y no tener esperanza y pasar miedo todos los días.

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