Gris, corrugado, denso, con el aspecto delicado de las cosas de valor pero, sobre todo, opaco. Nuestro cerebro, donde todo empieza y todo termina, donde están nuestra inteligencia, el placer, la disciplina, el amor, la felicidad, la ciencia, donde vive Dios, es opaco. No sólo el nuestro, también el del resto de animales grandes. Incluso en peces empujados por selección natural a ser translúcidos, su cerebro sigue siendo impenetrable a la mirada. Qué curioso. No podemos analizar cómo funciona sin seccionarlo y, cuando lo seccionamos, ya no funciona.
¿He dicho el amor?
Resulta sorprendente lo poco que sabemos del cerebro. Y, al mismo tiempo, oímos que el sueño de crear una inteligencia artificial completa es cada vez más cercano. Dulce canto de amazona. La innovación parte de lo conocido, de la observación de la naturaleza, pero la imitación de ésta no siempre es el camino acertado: recordemos los ornitópteros con los que pretendía volar Da Vinci. Hoy podemos levantar mucho peso y desplazarnos a una velocidad muy rápida sin haber replicado los brazos de Sansón ni las piernas de Jesse Owens. Nuestro íntimo deseo creacionista y falta de imaginación han dibujado tradicionalmente al cerebro artificial como un ser completo y con aspecto humanoide, una efigie adánica hecha a nuestra imagen y semejanza, pero el desarrollo de una inteligencia artificial completa probablemente no pase por la reproducción de un cerebro organoide, como los que hoy se ensayan el laboratorio a partir de células madre pluripotenciales, sino por el incremento de las capacidades de cómputo y la refinación de los métodos matemáticos de las inteligencias artificiales tradicionales. El conocimiento completo del cerebro sería útil, pero no imprescindible.
No sabemos cuándo, pero la inteligencia artificial completa llegará y nos tenemos que empezar a preguntar muchas cosas. La principal, cuál será el papel que tendrá el ser humano en un mundo en que las actividades que hoy consideramos racionales sean desarrolladas por máquinas. Thomas Friedman escribe que el hombre pasó de las manos al cerebro, creando artilugios que hicieran el trabajo físico y cambiando con ello la vida en la tierra, y que ahora la inteligencia artificial hará que pasemos del cerebro al corazón. Pienso luego existo, dijo Descartes. Quizás la razón ya no sea dentro de unos años la que nos haga especiales, la que ancle nuestra identidad en el universo conocido, y tengamos que cambiar de aforismo: me enamoro, luego existo; me frustro, luego existo; odio, luego existo.
Efectivamente, como al hombre de hojalata del Mago de Oz, que soñaba con tener corazón, atribuimos cualidades extraordinarias a la inteligencia artificial, pero no los conflictos que nos hacen humanos. Una inteligencia artificial completa, damos por hecho, sería absolutamente racional, exacta, incapaz de equivocarse e incapaz de sentir. Máquinas grises y metálicas mucho más inteligentes que nosotros frente a las que sólo podríamos diferenciarnos reivindicando, a dónde hemos llegado, nuestros lado más irracional, ése que la cultura lleva siglos tratando de embridar. Nuestro apetito sexual, nuestras esquizofrenias, nuestra capacidad de amar y odiar.
O quizás ni siquiera eso. El Profesor Nonaka dice que hay dos tipos de conocimiento: el explícito y el implícito. El primero sería el conocimiento que podemos expresar con palabras, el que podemos aprender a través de libros o en una conferencia. Al implícito sólo llegamos por medio de la experiencia, sería lo que comúnmente sabemos sin saber cómo lo aprendimos, el sustrato de lo que llamamos intuición. Los programadores traducen acciones en comandos, hacen explícito lo implícito, pero la inteligencia artificial aprende como aprendemos la mayoría de las cosas, a través del ensayo y el error. Una inteligencia artificial completa generaría rápidamente ese conocimiento implícito, esa intuición que consideramos patrimonio del ser humano. Intuición no es lo mismo que sentimientos, pero habría que preguntarse cómo aprendemos a amar y cuánto hay de imitación en esto, o cuál es la separación entre razón y sentimientos. ¿No son éstos sino una respuesta o una interpretación de la realidad? Si ésta no fuera una duda razonable, no tendría sentido pensar, como dicen Stephen Hawkins o Nick Bostrom, que la inteligencia artificial es una de las amenazas principales para la supervivencia de la especie humana.
O quizás sea que la destrucción de la raza humana es el camino al que la razón pura llevaría a cualquier especie que pueda amenazar nuestra supremacía.

