Hiromi nos cuenta que se levanta cada mañana en una ciudad diferente pero que no se siente sola ni desorientada porque la acompaña su piano. Su discurso es innecesario, la acabamos de ver fundirse en ese enorme instrumento, golpeándolo y acariciándolo a la vez, ahora de pie, ahora sentada, siempre con la mirada perdida y a veces con la lengua fuera. Hiromi respira hondo, un foco enorme sobre ella, pone sus manos sobre el teclado y comienza Wake Up and Dream.

¿Qué ha hecho Hiromi esta noche? Llego a casa y pongo su disco. La sensación es diferente. Tengo que recordar el momento para volver a tocar ese pequeño edén, pero sólo lo consigo ligeramente. Pienso que me gustaría ser Hiromi, que daría todo por crear momentos como el de hace un rato. Imposible. Un ser único, un personaje inimitable. O no.

El debate acerca de la inteligencia artificial es el debate sobre qué es la inteligencia. Si hablamos de inteligencia numérica o de inteligencia verbal todos parecemos entender bien a qué nos referimos. Las podemos, incluso, medir. La inteligencia emocional, la capacidad de abstracción, la percepción, la memoria forman parte también de la inteligencia. ¿Y la creatividad? ¿Qué lugar ocupa? ¿Puede ser imitada?

Gran parte de los artículos o de los libros que leemos no son más que una combinación de información conocida escrita con un cierto estilo, que también es repetición de otros; una reagrupación nueva de objetos que, puestos en el orden adecuado, atraen la atención del lector, ya sea que busque informarse, sentir un cierto placer en la lectura o, por lo general, ambos. Algo parecido sucede con muchas de las composiciones musicales que oímos o con muchos de los cuadros que vemos.

Lamus, una computadora, lleva años componiendo música clásica; Jukedeck ofrece crear tus propias canciones libres de derechos de autor; Google Dream Painter hace cuadros que se venden en subastas. Todos estos programas son capaces de crear algo nuevo a partir de la información que se les proporciona, ya sea una colección de música clásica o reproducciones de las obras de Van Gogh. Variaciones dentro de una nube de datos de entrada. En términos matemáticos llamaríamos a esto interpolar y sabemos que los sistemas de inteligencia artificial son muy buenos en ello. Pero sabemos también que entre los seres humanos hay (ha habido) genios creadores que son capaces de salirse de las formas y estilos conocidos y consiguen crear algo que hasta ese momento no existe. Esto sería extrapolar. Si pensamos en Picasso, podríamos decir que encontró formas de pintar realmente nuevas, estéticamente originales y extremadamente expresivas.

¿Cómo llega Picasso a conseguir esto? Pensemos, por ejemplo, qué hace tan especial al Guernika. ¿Es su tamaño, su originalidad o lo que representó en su tiempo? ¿Es la calidad del trazo, lo que Picasso quiso comunicar o lo que el público interpreta de su obra? La respuesta fácil y probablemente acertada es que se trata de un conjunto de todas ellas. Pero la opinión del receptor resulta imprescindible. El público es quien hace grande o genial la obra y el artista está constantemente experimentando con éste en un juego de ensayo-error. Son el espectador y el crítico prosopopéyico los que pueden convertir en obra de arte unos cordones de zapatos tirados en el suelo de una sala de arte moderno o la obra 4’33’‘ de John Cage, en la que el interprete pasa cuatro minutos y medio frente al instrumento sin tocar, provocando al público con su silencio.

Ensayo-error, ¿no pueden conseguir esto las máquinas con acierto? ¿No se convierte entonces la extrapolación en interpolación? Un software puede estar constantemente probando cosas nuevas hasta que éstas cuenten con la aprobación del público. O, incluso, podría haber un meta-algoritmo que sea quien discrimine si la obra potencialmente genial lo es o hay que descartarla y probar con otra. En este caso, el hallazgo de campos de creación completamente nuevos, la generación de obras de arte que cambien el curso de la historia pasaría a ser también dominio de las computadoras. Uf. Sigamos especulando.

Supongamos, y es lo que creo que sucederá, que la creación artística en el mundo de la inteligencia artificial no se produzca a través de una computadora o un software determinados. No habrá un Lamus o un Google Dream Painter a quien podamos aplaudir en un concierto o pagar un derecho de autor. La obra artística vendrá de algoritmos conectados en red, las creaciones no tendrán firma. Máquinas conectadas entre sí produciendo poesías, cuadros, música. El arte masivo será de mejor calidad y más accesible, más prolífico y abrumador de lo que ya es. Obras geniales como churros. Obras que nos dirán mucho y a las que, sin embargo, les faltará un componente fundamental. Algo que sabemos desde la época en que a unos homínidos peculiares les dio por garabatear figuras en cuevas como las de Altamira. Que el arte es, principalmente, comunicación. Contemplar el Guernica u oír a Hiromi son experiencias únicas para cada individuo en las que el espectador y el artista dialogan en un medio inaccesible al lenguaje. La experiencia artística, el placer estético no se entienden como completos si no se interpretan como interlocución.

Es posible que dentro de unos años pintar con paleta y pincel sea tan absurdo como lo es hoy hacer la mayonesa a mano; y que Mozart o Velázquez nos parezcan entrañables pero ampliamente superados, como ese Copérnico que demostró que la tierra gira alrededor del sol, y no los planetas alrededor de la tierra. La inteligencia artificial nos va a poner en nuestro sitio, va a ir desnudando poco a poco de mentiras y mitos el disfraz egocéntrico en el que escondemos nuestra insignificancia, un proceso que será traumático y doloroso. Y, sin embargo, estoy también convencido de que la tecnología no llegará nunca a enterrar nuestra necesidad de comunicarnos. Más bien nos ayudará mejorarla, a llevar la comunicación entre humanos a un nivel mucho más profundo del que hoy conocemos.

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