México vive entre fantasmas de todo tipo. Están los de Juan Rulfo, que no son suyos sino de todos los mexicanos, solo que nadie más les ha podido hacer fotos. Está la corrupción, fantasma y congregación de fantasmas de gran volumen y éxito sumando adeptos. Están el hambre y el analfabetismo funcional, fantasma y alimento de los fantasmas. El de la mafia, el de Televisa, el del policía chueco, el de la pistola en el semáforo.
Estos son nuestros fantasmas, los cotidianos, nuestras cadenas del día a día. Pero los fantasmas que más asustan son los que están escondidos. Los que tardan 32 años en salir.
El temblor parecía primero rutina, doce días después del anterior, dos horas después del simulacro, no podía ser que justo en el aniversario… No podía ser porque creemos que nada malo nos va a pasar. Lo creemos por miedo al miedo, por miedo al fantasma. Pero sí fue grave. Vaya que si lo fue. Muertos, heridos, edificios hundidos, explosiones, desalojos.
Justo después del derrumbe, antes que el llanto, vino la reacción. Espontánea, orgánica, asombrosamente ejecutada. Dicen los neurólogos que cuando a una persona le amputan un brazo o una pierna los sigue sintiendo. Le llaman fantasma. La persona se levanta para caminar y se da cuenta de que le falta la pierna sólo cuando pierde el equilibrio y cae al suelo. Estos fantasmas pueden durar meses o incluso años. Y, aunque frustrante, la sensación del miembro amputado cumple una función importante: la asimilación de la prótesis por parte del enfermo.
Treinta y dos años después del terremoto del 85, la gente, muchos de ellos jóvenes que no habían nacido en aquel tiempo, supo automáticamente qué tenía que hacer. Cadenas humanas cargando escombros, puño en alto para el silencio, centros de acopio. Todos colaborando para que otra persona pueda no ya solo vivir sino terminar la pesadilla de morir enterrado en vida. Aplastado, incomunicado, inmóvil. O para dar consuelo o para llevar comida. Psicólogos, médicos, ciclistas, hipsters, chóferes, estudiantes, ejecutivos, turistas, todos han sido sensibles a la tragedia. No hay nadie que no esté colaborando de una u otra manera, comprando medicinas, dando abrazos o donando el inventario de la ferretería. Hasta el himno, la bandera y el ejército han transfigurado su origen bélico y su lejanía marcial para hacerse pueblo y confundirse entre individuos libres que, por una vez, se han atrevido a ejercer su propia soberanía.
Lo que se está viendo en estos días en México es a unos ciudadanos que han gritado de rabia, han crecido 20 centímetros y se han enfrentado a su peor costumbre: el fantasma de la indolencia.


Qué sencillo y profundo a la vez. La palabra nos ayuda a encontrar el bálsamo para las profundas heridas: El amor, la solidaridad el esfuerzo común por salir adelante ennoblecen a los seres humanos y sin olvidar el profundo dolor de las pérdidas humanas contribuyen a superar tan graves acontecimientos.
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Me parece muy bien.Mama
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Ciertamente de la experiencia trágica mucha gente está sintiendo felicidad, por el simple hecho de poder dejar de atender sus obligaciones y manifestar su humanidad. Como siempre, ojalá no sólo nos uniéramos en situaciones de dolor.
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