La palabra chalet (o chalé, en la versión castiza que nos ocupa), me arrastra a mis primeros recuerdos de la infancia, años ochenta, porque creo no haberla pronunciado ni oído desde entonces y los sentimientos que me evoca han quedado intactos, como un mensaje en una botella. El chalet con piscina era el símbolo aspiracional de la clase media española de esos años, una meta, el final de un camino por el que merecía la pena progresar en la escala social. Tan anclado en el tiempo parece haber quedado el término, que ahora que Pablo Iglesias e Irene Montero se han comprado uno, varios analistas del show político español se han apresurado a recuperarlo con carácter peyorativo y han traído a la memoria una película del año 79, Las verdes praderas, una crítica a las ambiciones de la clase media burguesa de esa época. El asunto tiene muchas lecturas y sirve para explicar mucho de lo que estamos viendo en las democracias de todo el mundo.
La polémica que se ha generado es difícil de entender si nos limitamos a la explicación de los hechos. Que alguien de barrio, de colegio público, de universidad pública, dedicado primero al profesorado y después a la actividad política en la oposición, pueda comprar con su sueldo una casa amplia con jardín y piscina, debería ser visto como el triunfo de la democracia, de la economía española y del estado del bienestar. Igual que fue un triunfo que el movimiento 15-M dejara la calle y el megáfono y llegara al Congreso. Pero el debate va por otro lado y amenaza con dañar seriamente la carrera política de Pablo Iglesias (que ya no es uno sino dos, desdoblado y reducido junto a Irene Montero).
Lo cierto es que el único culpable parece ser él (no ellos y, mucho menos, ellas), entrenándose durante años para irrumpir como el personaje estrella de las tertulias televisivas, con su retórica agresiva, inteligente, auto-proclamándose portavoz de los indignados e intentando colarse por la ventana de la crisis económica. Fue él, el de la cal viva, quien abrió la puerta de su casa, presentándose a la parroquia española como un asceta de camisa raída y acento de barrio, al más puro estilo de Ralph Nader o Pepe Mújica. Y, ahora, ha sido él quien ha decidido comprarse una casa sin medir que el personaje ya se había comido al profesor universitario y que su carrera política se había reducido a su coleta, a los trapos sucios de su cocina humilde en el barrio de Vallecas y a su sonrisa de buena persona.
Su caso es muy interesante, porque fue él quien apostó por convertirse en un símbolo. Más consciente y seguro de sí mismo, diría yo, que ningún otro político en España. Porque su talento e inclinación poética le valían para emocionar, para luchar, para la guerra, que es el camino corto hacia la victoria, aun efímera. Él fue quien decidió jugar al discurso del odio, a ser héroe y villano, a convertirse en parteaguas, en el tótem sobre el que todos los españoles proyectaran sus anhelos y sus miedos. Si alguien va hoy a Madrid y pregunta por Pablo Iglesias, oirá cosas muy diferentes, pero todo el mundo opinará. Habrá quien te diga se trata de una persona desprendida de sí misma, que es capaz de sacrificar su vida por derrumbar las desigualdades sociales. Otros dirán que es un terrorista cuyo objetivo último es quemar iglesias y eliminar la propiedad privada. Otros, que Pablo Iglesias es un impostor porque también es casta, élite intelectual, uno de los de arriba, un manipulador que utiliza sin escrúpulos la debilidad de los más desfavorecidos para alcanzar sus objetivos políticos, que necesita que todo vaya mal para poder medrar. Y muchos coincidirán en que Pablo Iglesias es, ante todo, un grandísimo showman, un artista, alguien a quien quieres ver en pantalla y que ha contribuido como nadie a que se recobre el interés por los debates políticos.
Verdades cada uno tiene la suya. La mía es que todos esos personajes caben en uno. Y, en ese sentido, Pablo Iglesias-tótem, el personaje, contradictorio y poliédrico, seguramente no sea muy diferente de cualquiera de nosotros. Excepto por una cosa: si decidiera vender sus derechos de imagen, probablemente le alcanzaría para vivir en la Moraleja y ser vecino de Cristiano Ronaldo. No lo descarten.


La polémica surge por la ruptura con una imagen de austeridad e identificación con las personas más desfavorecidas. El chalet es el símbolo de que se sitúa él y su familia en un contexto social que no es el de las personas por las que dice luchar: las víctimas de la exclusión y desigualdad.Y es verdad que puede seguir defendiendo aquellos valores de justicia y equidad por los que se supone que llegó a la política, pero pierde fuerza el discurso.
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