It was terribly dangerous to let your thoughts wander when you were in any public place or within range of telescreen. The smallest thing could give you away.

Cuando apareció Facebook en nuestra vidas muchos decidimos que no íbamos a caer: eso era solo para exhibicionistas o nerdos escondidos detrás de una computadora. No tardamos mucho en hacerlo. Después lo vimos crecer, primero en usuarios, luego en su valor en bolsa, probablemente al revés. ¿Qué puede hacer que algo tan poco sólido valga tanto dinero? Y apareció la palabra mágica para definir lo imbécil que es el capitalismo y lo listos que somos nosotros: una burbuja. Una excrecencia del sistema.

El impacto de internet era imposible de prever, por más que los que escriben la historia la llenen de profetas. Y seguimos en las mismas: sin saber a dónde nos va a llevar todo esto. Hace pocos años decíamos que Internet nos había traído la libertad. De poder opinar y que nos oigan, de poder leer algo fuera de los medios de comunicación de masas. Por algo estaba censurado en China. Las primaveras árabes, el 15-M, Occupy Wall Street. El «crowdfunding», las redes de científicos, el bitcoin, la gestión eficiente de nuestra vida diaria. Y las redes sociales, cómo no. Un mundo maravilloso.

Hoy el gobierno chino sabe que Internet no es un peligro, sino una bendición, la herramienta perfecta para la práctica del totalitarismo. No nos damos cuenta, pero a Facebook (y a Twitter, y a Instagran, ¡pero si sólo son fotos!) le entregamos sin querer nuestra vida, una radiografía exacta de quienes somos. Y lo hacemos sin ningún tipo de consideración, sin preocupación por quién utiliza nuestros datos y sin pensar en que, al menos, deberíamos cobrar por ello. En los últimos meses hemos visto a Mark Zuckerberg desfilar por congresos y parlamentos, primero en Estados Unidos, luego en Europa. El niño cool que nos conectó con nuestros amigos de la infancia tuvo que ir a Washington vestido con una sospechosa corbata de criminal a declarar por el caso de Cambridge Analytica. Y la explicación sencilla, el quién del conspirador, no fue demasiado original porque la mayoría de los medios de comunicación tampoco entienden qué está sucediendo: esos malos, malísimos, esos Trump, esos Putin, la extrema derecha está jugando con nuestra información, adivinando nuestra tendencia política con métodos maquiavélicos. Pero Facebook ya lo corrigió, esto no volverá a suceder. Y ahora el GDPR europeo nos va a salvar a todos. Al fin y al cabo los congresistas que interrogaron a Zuckerberg en Estados Unidos saben tanto de este asunto como de física cuántica y en Silicon Valley sólo hay veganos, yoguis y mucho dinero preocupado por salvar el planeta.

Hoy Facebook es la octava empresa con mayor capitalización bursátil en el mundo. Y lo es por un solo hecho: porque contiene datos, información de millones de personas. Y los datos son dinero. Es por lo que compiten todos: Facebook, Google, Apple. Por eso la empresa tradicional tiembla. Tiembla la banca, por ejemplo, que ya no conoce tan bien a sus clientes como Amazon. O las empresas energéticas, amenazadas por el blockchain. Igual que el petróleo se tiraba en el siglo XIX porque sólo servía para encender lámparas de queroseno, los datos se desperdiciaban en el siglo XX porque no había manera de sacar información útil más allá de la obvia, de la explícita. Todo esto ha cambiado con algoritmos cada vez más inteligentes y autónomos.

Winston, el personaje principal de la novela 1984, creía engañar al Gran Hermano sabiendo que detrás de la pantalla había humanos interpretando sus gestos a quienes podía ocultar sus pensamientos subversivos. Hoy, sin embargo, un estudio de la Universidad de Standford dice que es posible detectar a través de una foto algo tan íntimo como la orientación sexual de una persona. Y que el software acierta en el 81% de los casos. Antropometría del siglo XXI sin necesidad del goniómetro del maestro Broca. Pensemos que esto es sólo por medio de una imagen fija y que nuestro día a día está cada vez más lleno de cámaras: las de la calle, las de los comercios, las de nuestros teléfonos móviles. Verdad o no, hay un futuro distópico que tenemos que hacer lo posible por evitar: ése en el que no podremos escondernos de nada, disimular nuestra personalidad ni nuestros secretos más íntimos.

A nervous tic, an unconscious look of anxiety, a habit of muttering to yourself – anything that carried with it the suggestion of abnormality, of having something to hide. In any case, to wear an improper expression on your face (to look incredulous when a victory was announced, for example) was itself a punishable offense. There was even a word for it Newspeak: facecrime, it was called.

George Orwell, 1984.

La libertad que nos prometía Steve Jobs en 1984

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