Este terrible oxímoron es la penúltima invención del separatismo catalán, que no sabe ya qué más hacer para romper la convivencia democrática en España. Sin embargo, la utilización del vocablo japonés puede suponer, quizás, el mayor acierto semántico de este movimiento, que tanto se las da de políglota. Un tsunami no pregunta: arrasa con todo lo que se encuentra a su paso.
Ha sido el oprobiado Pep Guardiola uno de los principales abanderados de esta incitación a la desobediencia civil, “ante la deriva autoritaria del Estado español”. Su arenga y la plataforma son una provocación a la masa, que dijo Freud “da al individuo la impresión de un poder ilimitado y de un peligro invencible”; un intento más por transformar el discurso en profecía. El separatismo está despertando como reflejo natural esa otra épica contraria, la de la defensa de lo español como estado de ánimo.
El separatismo catalán “tsunámico” está repleto de símbolos, mentiras y paradojas. El símbolo-mentira más evidente es ese de que la democracia son urnas. Entre las paradojas, una de las más significativas es que se trata de un movimiento surgido al calor de la democracia española que, de manera muy acertada, fue concebida para dar relevancia parlamentaria a las minorías concentradas en cualquier zona del territorio. Minorías que ahora los dirigentes separatistas parecen no querer oír dentro del suyo, reclamando con llanto burgués, con la furia de un niño de dos años al que le quitan la pelota, la celebración de un referéndum donde una mayoría simple decidiría dibujar una nueva frontera en Europa.
El problema de este manoseo indecente y rastrero del término democracia es que algún día nos podemos quedar sin ella. Democracia no son sólo urnas y no puede ser tsunami. Ni tampoco oligarquía, como sucede en tantos países de Latinoamérica. El régimen democrático tiene por objetivo ser un sistema de contrapesos donde los intereses en conflicto lleguen a acuerdos para conseguir el bien común. No existe democracia sin voto, pero tampoco sin respeto a las minorías. No existe democracia sin estado de derecho, sin poder judicial y órganos reguladores independientes. No existe democracia sin ciudadanía autónoma y educada, sin derecho a la manifestación, a la expresión cívica. No existe democracia cuando la manipulación emotiva del votante se desenvuelve sin freno alguno, cuando el político-poeta-mesías conduce inmoralmente los sentimientos de los ciudadanos, generalmente inventando un enemigo e incitando al odio. Y no existe democracia, menos aún representativa, sin élites políticas adecuadamente preparadas para esta función, sometidas a escrutinio continuo de la sociedad y, por supuesto, al ejercicio de la ley.
Esto lo explica muy bien Adela Cortina en su discurso “Las raíces éticas de la democracia”. La democracia no es desobediencia civil, sino justo lo contrario: requiere de “amistad cívica”. Requiere de debate continuo, de libertad de pensamiento, de respeto a las opiniones diversas, incluyendo aquellas extravagantes. Requiere de generosidad en la búsqueda de una “voluntad general” que hará evolucionar al conjunto de la ciudadanía hacia ese bien común.
Si todos lo entendiéramos así, comprenderíamos que la democracia como régimen de gobierno no es una realidad actualmente en ningún país del mundo, sino un ideal, una meta hacia la que hay que avanzar cada día. Por esto sí merece la pena luchar. Cívicamente.


Eres grande, Ramón. Magnífico artículo. Una lección de ética política y social y un diagnóstico certero del frustrante panorama mundial.
Los políticos separatistas catalanes, se han pasado cuarenta años inyectando lenta y tozudamente su mentira y falsificación histórica en las venas de la ciudadanía, con el venenoso resultado de que parte de la población antepone los sentimientos a la razón.Al mal tiempo, buena cara. Ánimo.
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Muy bueno Ramón. Después de obsequiarnos hace dos años con “El oprobio del pueblo” nos regalas ahora este complemento a la luz de la evolución de los acontecimientos. El párrafo final, en mi opinión, cubre de significado toda tu reflexión y atisbo en él una llamada a las sociedades democráticas a no caer en la comodidad de la autocomplacencia ni en el inmovilismo de sus normativas. Ojalá que en medio de esta locura (o tsunami) no perdamos la sensatez, la cordura y sobre todo el poquillo sentido de estado que todavía nos queda.
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Mis felicitaciones Ramon por tu buen y acertado comentario
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