La opinión pública, siempre ávida, superficial, a menudo sectaria, otorga con frecuencia su confianza en individuos cuyos méritos nada tienen que ver con aquello de lo que están opinando. Así, se le pide al economista brillante que hable sobre política, al filósofo que nos explique la idoneidad de una reforma legal, o al entrenador de fútbol que justifique las razones históricas del fascismo regionalista. Las redes están llenas de frases sobre los asuntos más peregrinos atribuidas a Einstein, como si eso las convirtiera en axiomas.
Quizás esto explique la ola de publicaciones, entrevistas, videos que buscan a especialistas en el tema de la Inteligencia Artificial para predecir el futuro de nuestra civilización, como si quien lleva años estudiando los métodos de backpropagation o jugando con el número de capas idóneo para una red neuronal, tuviera que haber acumulado paralelamente un conocimiento profundo acerca de la condición humana. Es el caso, por ejemplo, de Jeffrey Hinton, que dejó Google este año de manera muy sonada, escandalizado por los riesgos de la Inteligencia Artificial. Entre otras cosas, yo le preguntaría qué es lo que ahora le asusta de estar más cerca de conseguir aquello por lo que lleva 35 años trabajando.
No es el caso de Mustafa Suleyman, quien publicó este año The coming wave. Quizás porque no es un especialista sino alguien que decidió fundar y apoyar empresas en el ámbito de la tecnología convencido de que éste iba a ser (o seguir siendo) el eje sobre el que se condujeran los cambios sociales más profundos. El libro es fantástico. Sitúa históricamente la combinación de avances tecnológicos que están ahora mismo en ebullición y que van a cambiar la forma en que vivimos. Junto con la robótica, la computación cuántica o la revolución energética, la Inteligencia Artificial y la biotecnología están al frente de una ola de cambio tecnológico, dice Suleyman, “pulsante, emergente, sucesiva, acumulativa, auto-polinizante». La mayor esperanza para resolver los problemas de la humanidad y el mayor riesgo para su desaparición.
No es ninguna hipérbole. Vivimos en una época en la que se crean vacunas a partir de ARN mensajero que salvan milllones de vidas, pero también en la que se pueden secuestrar países con ataques cibernéticos o manipular la conciencia de cualquier persona de manera muy precisa, pues hasta de nuestros más íntimos secretos vamos dejando rastro en las redes sociales. Ucrania se defiende de su invasión con drones, mismos que usa una milicia yemení para atacar cargueros en el Mar Rojo causando cambios en las rutas del comercio mundial. China, que tiene la mitad de las cámaras del mundo, controla a los Uigures con métodos orwellianos. Todavía nos sorprendemos de todo lo que podemos hacer con un teléfono y, sin embargo, dentro de diez años los teclados y las pantallas probablemente sean cosa del pasado, sustituidas por asistentes de voz y Realidad Virtual. ChatGPT ya está empezando a sustituir brokers de bolsa o programadores informáticos, aunque esto es solo el principio.
El debate de corto plazo es la desaparición de empleos, el cambio en las costumbres sociales, el conocimiento que se verá desplazado, las habilidades que no, o el sistema impositivo que tendría que cambiar radicalmente para que no haya una concentración de poder económico mayor aún que la que hoy vivimos. Es un debate, el de la transición, que está ya ahí, y que se tiene que afrontar con seriedad. Al fin y al cabo, la desigualdad y el desempleo no son sólo una injusticia social inaceptable, sino el mayor riesgo para cualquier forma de gobierno, muy especialmente para las democracias liberales.
Es ésta una situación en la que ver qué sucedió en el pasado no es suficiente. Como dice Yuval Noah Harari, a propósito de Chat GPT, el lenguaje es el Sistema Operativo de la Humanidad. Sobre él hemos desarrollado nuestra civilización. La política es lenguaje, las religiones son lenguaje, el sistema económico es lenguaje. El dinero es lenguaje. La IA Generativa no es la ansiada y temida Inteligencia Artificial General, pero el hecho de que haya cajas negras capaces de dominar el lenguaje mejor que el ser humano, supone el “fin de la civilización dominada por el hombre”, dice Harari.
Cómo contener una tecnología inmaterial, de propósito general, con potencial para destruir los cimientos de nuestro sistema político, cultural, religioso, y que estará al alcance de cualquier ser humano, con buenas o malas intenciones.
Conviene a todos los tomadores de decisión, y a la sociedad en general, no enredarse en su día a día (las intrigas palaciegas, la erótica del poder, el martilleo de los medios) y tomar conciencia de que aquí hay verdaderamente un riesgo existencial. No confundir al votante con conspiraciones apocalípticas o negacionistas, dejar de echar gasolina a la política identitaria y acometer de una vez acciones de contención. No para parar la ola que viene, ya que eso es imposible, pero sí para canalizarla. Suleyman apunta en varias direcciones, la de la conciencia sobre la seguridad del creador, la de la transparencia, la de ralentizar algunos avances cuando se vislumbren riesgos incontrolables. Pero, sobre todo, dice el autor, el peso de la contención estará en la ciudadanía y en los gobiernos-estados. Ellos son los únicos que podrán reconducir, auditar, regular el avance de la tecnología. Gobiernos democráticos que a su vez sean reconducibles, auditables, regulables. Gobiernos sensatos que puedan competir en inversión, en tecnología, en talento con una amenaza cada vez más inasible, asimétrica y atomizada.


Me apunto la recomendación de lectura… me interesa el tema…
Un abrazo chaval…
Me gustaMe gusta