Cada sábado y cada domingo de función, llevo mi mente a un lugar que no conocía. Como Rostov, el personaje de Tolstoi, cuando a punto de entrar en la batalla de Schengraben puede por fin parar el flujo de pensamientos, de recuerdos, de sentimientos contradictorios que anegaron los días de espera y, al fin liberado, galopar espada en mano hacia la heroicidad. “Le habían dicho que en cuanto te internas en el cuadro te olvidas completamente de ti mismo, que en el sable del húsar quedan nobles huellas de la sangre enemiga…”. Cada sábado y cada domingo, junto con mi hija y unos amigos, cabalgamos sobre las tablas de un escenario perdiendo la noción del yo.

La actuación es un oficio que requiere de histrionismo, creatividad, experiencia, entre otras cosas. El guión, los ensayos, la escenografía, la máscara enhebran la historia y facilitan la metamorfosis. Ésta no siempre es completa, y por supuesto que será mayor para quien trabaja y profundiza en ello durante años. Pero incluso el actor aficionado puede rozar con los dedos una experiencia única, que trasciende la técnica y la lírica de la actuación. En los ensayos se debe preparar la función con detalle, pero el objetivo del actor en escena no es hacer, sino ser.

Le oí decir una vez a Antonio Banderas que el peor enemigo de un actor de teatro es la auto-conciencia. Cuando uno actúa no se convierte en otro, sino que se separa de sí mismo transcendiendo su propio ego. El actor usa al personaje y el personaje usa al actor, nos dice siempre nuestra directora. Se prestan mutuamente la sonrisa, los gestos y los sentimientos más profundos, sutiles o exaltados. Durante la representación, el único consciente debe ser el juego ensayado entre cuatro paredes imaginarias. Así, el actor puede llegar a sentir, aun por un breve instante, una maravillosa conexión no dual con el presente.

Si el control de la mente es el arma más poderosa que tenemos. Si, como decía Sócrates, no merece la pena vivir una existencia no examinada, entonces actuar es una de las cosas más interesantes que uno puede hacer en la vida. Ese estado ideal de atención plena del actor, del cantante, del pianista, del director de orquesta, es lo que conecta al intérprete con su público, lo que lleva a cada espectador a ser y a sentir.

Rostov caería herido a la primera y no podría evitar, meses más tarde, “contar sus andanzas en Shengraben exactamente como cuentan las batallas los que han tomado parte en ellas, es decir, como les gustaría que hubieran sucedido, como lo han oído de otros narradores”.

Larga vida a la ficción y a la fantasía. Larga vida al teatro.