Hace una semana, junto con dos amigos, recorrimos el camino entre Oaxaca de Juárez, colonial y gastronómica, hasta San Agustinillo, en la costa. Por la carretera antigua, que la nueva autopista ha dejado casi sin tráfico, y en moto, lo que te obliga a tomar conciencia plena del camino y saborear el entorno de una manera especial. Después de pasar por San José del Pacífico, tomamos la salida incorrecta en una bifurcación, lo que nos adentró en zonas poco transitadas. Incorrecta es un decir. El asfalto daba paso intermitentemente a un camino de tierra entreverado por la erosión del agua, parcheado hasta donde dio el presupuesto. La temperatura bajaba y subía en función de la mínima brisa y al ritmo del altímetro. La humedad espesa, asfixiante. La vegetación, impenetrable. Rodando entre una niebla densa, arriba de una montaña, aparece inesperadamente un pueblo compacto, inexpugnable, como si la Sierra Madre hubiera empujado a sus colonos concediendo un espacio mínimo y aislado. Un pueblo de cuento al que las hadas nunca llegaron. Un coche vende mangos y verdura con estruendo de megáfono. Alrededor: multitud y silencio. Mujeres y niños atestando un espacio que hace la vez de cancha deportiva, plaza del pueblo y vía por la que transita la carretera principal. Tal es el hacinamiento.
Me acordé del Juan Rulfo fotógrafo, fascinado con Oaxaca, al que los lugareños debían de ver llegar con su cámara réflex en los años 50 con el mismo escepticismo con que observaban nuestra expedición. En estas circunstancias, aun desconfiando de la historia y de su uso como elemento identitario, uno no puede dejar de pensar en el progreso como una mancha de alquitrán sobre una tierra fértil, como un exterminador cultural que aniquila tradiciones y que destruye la conexión con el entorno. En el espectáculo de una naturaleza incomparable, uno podría esperar comunidades integradas, felices, en equilibrio. Todo lo contrario. Silencio, tristeza, resentimiento. Desarraigo.
Pueblos sometidos por la indolencia, ensuciados por el ruido y el humo del algún camión destartalado, asustados por la presencia del pick-up del cacique. Es el México de Fernanda Melchor en Temporada de huracanes. Lugares arrasados por el alcohol, por el machismo más atroz, por la violencia y, cada vez, por las drogas. He visto este México en Oaxaca, en Guerrero, en Veracruz, en Chiapas. Está por todos lados y a la vez se vuelve invisible y lejano para las élites, como si el problema no fuera de este país, sino de otro.
Un México partido en dos que encontró y sigue encontrando su esperanza en la Iglesia Evangélica y en un Presidente mesiánico que conecta con una realidad a la que los rascacielos del Paseo de la Reforma dan la espalda. Un Presidente cuyo sueño del progreso, como dice Blanca Heredia (4T: Claves para descifrar el rompecabezas), se parece más a una palapa en las afueras de Villahermosa que a un moderno aeropuerto, y cuya aspiración parece estar bien recogida en el epílogo de su Plan Nacional de Desarrollo, en el que deseaba que ningún mexicano tuviera que emigrar, que para “el último año del sexenio (…) millones de mexicanas y mexicanos encontrarán bienestar, trabajo y horizontes de realización personal en sus sitios de origen, desarrollando su vida al lado de sus familias, arraigados en sus entornos culturales y ambientales”. El sexenio ya ha terminado y el problema sigue sin resolverse. Veremos qué puede hacer su sucesora.


Querido Ramón:
El éxito de la Iglesia Evangelista estará asegurado mientras que la solución política al bienestar y a la seguridad de la gente se demore de sexenio en sexenio.
Me alegro siempre de ver algo nuevo en tu blog y me muero de envidia con tu prosa.
Un abrazo.
José Luis
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Abrazo, querido José Luis
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