En los años 80 existían dos debates recurrentes en el fútbol español. El primero era por qué si somos tan buenos nunca pasamos de cuartos de final en torneos importantes. Y el segundo, consecuencia del primero, cómo vamos a limitar la entrada de jugadores extranjeros a nuestros clubes para que los nacionales puedan jugar minutos y mejorar su nivel. La participación de jugadores no españoles en los clubes se había permitido ya en 1934, para prohibirse durante diferentes periodos hasta quedar de manera permanente desde 1974, año en que llegó Cruyff al Barça. La presencia de extranjeros era, en todo caso, limitada a uno o dos jugadores. Los clubes pedían aumentar el cupo y el sindicato de jugadores (AFE), apoyado en algunos ocasiones por el Gobierno, se negaba dentro de una lógica que la sociedad, en general, aceptaba. Todo siguió así hasta que, de repente, en 1995, llega como un terremoto el caso Bossman. La sentencia del juicio planteado por el jugador belga sentó un precedente que cambió por completo el panorama del fútbol europeo. A partir de ésta, se eliminaban los cupos de extranjeros en las ligas de la Unión Europea para jugadores de estos países. Cualquier jugador podría jugar en cualquier equipo de la Unión, exactamente igual que cualquier otro trabajador. Y los no comunitarios fácilmente encontrarían algún antepasado europeo que les facilitara la nacionalidad. Los clubes se inundaron rápidamente de jugadores extranjeros. El shock fue enorme y algunos creyeron, metidos en su lógica conservadora y sindical, que esto acabaría con la selección nacional.
Bossman no sólo no fue el fin del fútbol español, sino el comienzo de sus años gloriosos. De las 25 finales de Champions League disputadas en este siglo, casi la mitad (12) han sido ganadas por un equipo español. La liga española se convirtió en la mejor del mundo, el Real Madrid y el Barcelona en all-star teams y los enfrentamientos entre ellos, con Ronaldinho y Zidane, con Messi y Ronaldo, eran más vistos que el Súper Bowl. El fútbol en España se convirtió en una industria que hoy genera el 1.5% del PIB.
En los clubes más potentes había poco sitio para jugadores jóvenes de los equipos filiales, más que algún Pavón, pero esto no debilitó ni mucho menos a la selección nacional. Aquellos jugadores que no encontraban minutos en España salieron a jugar a otras ligas europeas. Los que se quedaban, jugaban con los mejores. Entre 2008 y 2012 España fue dos veces campeona de Europa y, por primera vez, campeona del mundo. De este equipo, Piqué, Torres, Xabi Alonso, Fábregas y Arbeloa habían sido estrellas en la inglesa, Carvajal, en la alemana. Hoy suena normal pero a principios de los 90 no había un solo jugador de la selección nacional que jugara fuera de España. Antes de Bossman, los equipos punteros de La Liga atraían a las estrellas y pagaban mucho más de lo que un equipo de la Premier o de la Bundesliga daría por ellos. La limitación en la oferta hacía que los de la Quinta del Buitre fueran estrellas nacionales a pesar de no ganar ni una Copa de Europa y de fracasar continuamente con la selección nacional. Este régimen autárquico se consideraba un axioma, y todo el mundo parecía estar de acuerdo en limitar la presencia de jugadores que extranjeros. Si vienen aquellos, los nuestros no juegan y nunca ganaremos nada como selección nacional.
España acaba de ser por cuarta vez campeona de Europa de fútbol. Sólo dos jugadores del equipo titular en la final juegan en Real Madrid o Barcelona, y cinco de los once lo hacen en equipos de ligas diferentes a la española. Una de las estrellas del equipo, Dani Olmo, se fue del Barça a la liga croata con sólo 16 años, llegando a ser elegido mejor jugador joven del campeonato con 20. Los dos fenómenos del equipo, Nico Williams y Lamile Yamal, son hijos de inmigrantes subsaharianos, justo en el momento en el que la extrema derecha conquista cada vez más corazones de los países occidentales con un discurso anti-inmigración.
Cualquier comparación es imperfecta, y poco tiene que ver el deporte de élite con los problemas de la clase media. Pero el paralelismo es interesante porque estamos viendo cómo vuelven con fuerza recetas proteccionistas, tan fallidas como peligrosas. Una regresión muy evidente en Estados Unidos y en Europa, donde la clase política y la ciudadanía se dejan arrastrar por la lógica para algunos irrefutable de que elevar la altura de los muros fronterizos es la mejor receta para el desarrollo económico y social. Triunfan quienes dicen, en una derecha y una izquierda cada vez más intolerantes, que la apertura al flujo de personas o de capitales debilita al ciudadano y al trabajador. Un impulso conservador que se instala fácilmente en la conciencia del individuo, como con tramposa ingenuidad recoge Régis Debray en su Elogio de las Fronteras.
Es muy difícil que los hechos combatan ese tribalismo ancestral, pero esperemos que este otro atavismo de conquistar deportivamente Europa pueda verse con la perspectiva adecuada e ilumine algunas voluntades.

