Nadie quiere ver Emilia Pérez en México. No sólo no se quiere ver, sino que pocas cosas han generado más odio colectivo, uniendo en esto al país entero.

Podría sorprenderme que suceda algo así con una película que tan pocos conocen de primera mano. Y podría sorprenderme más que a quien invitas a verla para opinar con conocimiento de causa, ya opina que no la piensa ver porque sabe que hacerlo sólo servirá para reforzar su opinión. Pero no. Desgraciadamente nada de esto me sorprende.

Las redes sociales han convencido a la gente en masa de que esta película se burla de México, acudiendo a los estereotipos más horribles, caricaturizando hechos tan relevantes como la desaparición de personas, pintando un país de santeros y narcotraficantes ridículos (no como el bello Señor de los Cielos, claro). Una película hecha por puros extranjeros hablando de nuestro país, es lo primero que se dice. Y ya sabemos cómo actúan los algoritmos de las redes. YouTube o Facebook están diseñados para maximizar el número de visitas, como bien describe Noah Harari en Nexus (“the alignment problem”). No importa la calidad del contenido, ni la veracidad de los hechos, sino sólo mostrar y recomendar aquello que refuerce nuestros sesgos y nuestros anhelos. La turba colectiva se relame con Johanne Sacreblu “el musical” homenaje a Emilia Perez y los YouTubers saben que cuanto más agresiva sea su crítica, más dinero podrán hacer.

El cine es arte y el arte busca comunicar sentimientos, plantear preguntas, cuestionar dilemas utilizando no sólo un guión, una historia, sino también a través de música, bailes, fotografía y colores que nos hipnoticen. Y para esto, muchas veces es sano y preferible alejarse de cualquier fidelidad y exactitud con el mundo real. A nadie en México seguramente le importa si Taxi Driver está representando adecuadamente la ciudad de Nueva York en los 70. Nos quedamos con la historia, con la estética sórdida, con el drama humano de la soledad, del síndrome de estrés postraumático, y disfrutamos íntimamente de nuestra conexión ancestral con la sangre y la violencia. Cierto es que Jaques Audiard, el director, ha despreciado la sensibilidad de quien allí habita, como quien quiere describir una ciudad y se equivoca constantemente con el nombre de las calles. Esto puede pasar desapercibido para alguien que nunca ha visitado ese lugar, pero resulta irritante para quien tiene ahí su corazón y su vida. Habría sido más acertado crear un Gotham City que perfilara el México que él ha imaginado, lo que le habría dado licencia para dibujar este cuadro onírico sin perder inmediatamente la atención del público local que está en la sala del cine viendo ondear su bandera con desatino.

Para el local y para el extranjero, lo que no debería pasar desapercibido es el fenómeno social que se ha generado con la película y cómo esta pequeña chispa ha prendido como gasolina en la fibra sensible y combustible del nacionalismo. Hoy, en México, no se puede hablar bien de Emilia Pérez. Cuando uno lee Patria, de Aramburu, se sorprende de cómo el terror fascista de ETA anuló cualquier voz que fuera contracorriente. Pero no se necesita el espanto de las armas para esto. El pánico a no pertenecer anula por sí mismo cualquier disidencia. Y, por supuesto, esto no es un fenómeno exclusivo de México, sería igual o peor en Francia o en Estados Unidos. Es así como hemos hecho, y seguimos haciendo, de la nación un sentimiento.

Ay, el nacionalismo, cuánta desgracia nos queda aún por vivir. Mientras tanto, yo recomiendo, en México, que vean Emilia Pérez y que hagan el esfuerzo de ver su país con la primera impresión que un extranjero se llevó de éste. Que se olviden de la desagradable Karla Gascón en la vida real, de las imprecisiones de Selena Gómez, que duelen como faltas de ortografía, y que sólo vean la luz de la película y el drama clásico de la redención imposible de Emilia Pérez. Quizás todo esto les descubra algo de sí mismos. O, como mínimo, estarán más autorizados para hacerla pedazos en el debate con sus amigos.