Lo que son las modas, creo que hoy somos muchos los que estamos dándole vueltas al tema de la desigualdad económica. Obama dijo en 2013 que era el principal problema al que se enfrentaba la sociedad americana, Piketty nos hizo preguntarnos cómo era posible que el 0.001% de la población acumule una gran parte de la riqueza mundial. Ahora en España todos hablan del asunto en campaña electoral. Como si fuera algo nuevo.
La desigualdad económica lo permea todo. Es nuestro día a día, es el colegio al que vamos, es la pareja con que nos casamos, es cuánto y a dónde viajamos, qué leemos, a quién votamos, en qué creemos, qué carrera profesional elegimos, quiénes son nuestros amigos, cómo fueron nuestros padres y quiénes serán nuestros hijos. Es motivo de guerra y separación, de odios y frustraciones, pero parece ser inevitable.
Hay pocos debates en los que la falta de información objetiva, las inclinaciones políticas o la moral tengan una fuerza que contamine de tal manera la opinión realmente independiente. ¿Se puede hablar de desigualdad como espectador, como quien critica la alineación de Del Bosque? Hablar de desigualdad y no querer justificar nuestra propia posición de privilegio resulta una tarea casi imposible.
¿Por qué se produce la desigualdad? Desigualdad ha existido siempre y, de una forma u otra, los motivos de fondo que la producen no parecen haber cambiado tanto. Pero se dice que en nuestro tiempo hay dos factores fundamentales que están abriendo la brecha entre ricos y pobres. Por un lado, la globalización, a la cual se le acusa de afectar primero y a veces casi exclusivamente a las personas de menores ingresos. Por otro lado, los avances tecnológicos, que aumentan la productividad pero que también destruyen puestos de trabajo y a los que se les acusa de crear riqueza pero acumulándola en pocas manos.
El debate se vuelve más interesante cuando la pregunta que se plantea es si la desigualdad económica es verdaderamente o no un problema. O si es realmente “el problema”. Para pensar en el asunto a fondo hay que pasar inevitablemente por esta pregunta, que mucha gente se hace. La desigualdad produce tensiones, internas y entre países, porque es percibida como injusta y porque el bienestar siempre se debe medir en términos relativos. También, según dicen algunos economistas, la desigualdad frena el desarrollo porque reduce la demanda agregada. Pero si estamos viendo el asunto desde un punto de vista ético, ¿no sería más importante e, incluso, adecuado hablar de pobreza? O, dicho de otra forma, supongamos que la desigualdad, paradójicamente, elimina pobreza, ¿no sería entonces irrelevante hablar de ella como de un problema?
Hay datos que indican que la desigualdad está aumentando y tiene pinta de seguir haciéndolo. Sin embargo, y en paralelo, la pobreza disminuye. O al menos es lo que dicen algunas cifras como el Índice de Desarrollo Humano de la ONU. Una pregunta lleva a la otra, ¿habrá correlación entre estos datos? ¿Será que cierto nivel de desigualdad es positivo? ¿No es acaso la desigualdad el motor de la economía, la que hace que la gente sea ambiciosa, la que promueve el emprendimiento y la innovación? Si así fuera, ¿cuál sería el nivel idóneo de desigualdad? ¿O será que ambos son consecuencia de algo, que aquello que está haciendo que aumente la desigualdad también está haciendo que disminuya la pobreza? ¿Qué hacemos, entonces, con ese algo?
No lo sé, pero lo que sí tengo claro es que se trata de un debate fundamental y apasionante en nuestro tiempo y que es imprescindible adentrarse en él si queremos tomar decisiones correctas como ciudadanos.
Alguien, Rockefeller quizás, dijo alguna vez, “ganar mi primer millón fue difícil; ganar el segundo fue inevitable”.

Sí, parece que la desigualdad es como una ley natural que impulsa la creación de riqueza y que como consecuencia ‘algo’ alivia la pobreza. Pero por otra parte es inevitable verla como una injusticia que hay que remediar. Es un tema muy complejo y salvo que uno tenga una mentalidad muy alineada en uno u otro sentido se verá comprendiendo y al mismo tiempo rebatiendo los razonamientos de ambos extremos. Podemos comprender que alguien que esté en la extrema pobreza sea debido a su desidia, mala cabeza, etc., pero también que sea a causa de una injusticia social o desgracia natural. ¿Hasta dónde debe llegar la compasión?. Unos la aplicarán a todos los casos, otros a ninguno y otros solo a los que se pueda considerar víctimas de injusticias o desgracias.
Pero la desigualdad seguirá existiendo, está en la base de la vida y es por medio del progreso social como se debe domesticar y poner al servicio de la humanidad. Un reto difícil.
Se habla de la escasez de alimentos, cambio climático, etc., como los retos del futuro pero creo que no se presta la atención que merecen los problemas de convivencia y gobernabilidad en un mundo globalizado y superpoblado.
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