En 1886 un farmacéutico en Atlanta empezó a vender la Coca-Cola como una “poción para problemas mentales y físicos”. Con el tiempo, Coca-Cola, y más tarde también Pepsi-Cola, se convertirían en imperios económicos de dimensiones colosales. En 2013 la media de consumo en Estados Unidos fue de más de 150 litros de bebidas gaseosas por persona al año.
Parte importantísima de este éxito fue el hecho de que existiera competencia entre dos grandes marcas. La guerra mediática durante el último cuarto del siglo XX ha sido muy estudiada y llegó a dividir a la sociedad en dos: yo soy de Coca, yo soy de Pepsi. Yo odio tomar Coca, yo odio tomar Pepsi.
Si tan absurdo nos parece que se pueda levantar un imperio por vender agua carbonatada con azúcar (mucha azúcar), más todavía nos debería resultar que la gente discutiera y se posicionara con pasión sobre el sabor de dos productos que son en realidad el mismo. Basta con realizar una prueba a ciegas con tres marcas: Coca, Pepsi y otro refresco equivalente, como el Big-Cola tan popular en México. Es prácticamente imposible adivinar la marca sin ver la etiqueta.
Me he acordado de todo esto después de varias semanas leyendo acerca de las elecciones en España. Revisando los programas económicos, los idearios, los debates, las entrevistas a los candidatos ha habido algunos momentos en los que me he sentido realmente confundido. Al menos con los cuatro partidos que según parece serán mayoritarios.
De PP y PSOE ya teníamos una imagen de serpiente bicéfala en un número de circo, aunque en general más bien han jugado al show de Itchy & Scratchy, los dos amigos que se golpean con una violencia absurda y reciben los mamporros con una sonrisa en la cara. Pero, ¿y los nuevos?
Ciudadanos, que nace de la reacción al independentismo catalán, tiene desde su origen colocada la etiqueta de partido liberal. Un partido estrictamente liberal en sentido económico promovería la ausencia o participación escasa de los reguladores, la reducción drástica de impuestos y del gasto social, la privatización de servicios públicos como educación y sanidad. Poco hay de todo esto en el programa económico de Ciudadanos ni en las bases ideológicas que dieron origen al partido. Liberalismo progresista y socialismo democrático, dicen ellos en su ideario.
Por otro lado, Podemos, que nace también de la indignación, en este caso contra la crisis y la desigualdad económica, tiene colocada la conveniente etiqueta de partido de extrema izquierda. Según esto, si Podemos llegara al poder se expropiarían y nacionalizarían empresas de servicio público, habría un control total del mercado por parte del estado y se utilizarían todos los mecanismos posibles para redistribuir riqueza. A Pablo Iglesias es fácil encontrarle vídeos diciendo cosas de este estilo, pero el Podemos que se presenta a las elecciones es un partido que está a favor del libre mercado con reguladores fuertes, la tasa Tobin, la fiscalidad progresiva… Nada muy diferente a lo que se ha hecho en la historia reciente (y no tan reciente) de España.
A PP y a PSOE ya los conocemos y sabemos que en política económica van a hacer prácticamente lo mismo unos que otros.
Con los cuatro podríamos hacer la prueba de la Coca-Cola. Mezclando sus discursos sin etiquetas nos encontraríamos que todos quieren, y algunos lo dicen abiertamente, que España sea Dinamarca.
Dice Clay Christensen en «How will you measure your life» que la cultura es la “forma que tienen los pueblos de resolver sus problemas recurrentes” y que es finalmente «una combinación única de procesos y prioridades dentro de una organización». Y la cultura así definida no es algo que se cree de un día para otro. La cultura se construye a la largo de años o siglos y tiene por eso una inercia enorme. Es, creo, el principal factor diferenciador entre grupos de personas y, en el largo plazo, el mayor activo de cualquier pueblo, nación, familia o empresa. Y en España, como en casi toda Europa, la ideología económica preponderante, la que ha funcionado aparentemente mejor y, sobre todo, la que quiere la mayoría de la gente es la socialdemocracia.
¿Quiere esto decir que da igual a quien votemos? Por supuesto que no. En mi opinión, la ideología respecto a las soluciones económicas debería ser el factor número uno a la hora de votar por su influencia en el desarrollo de un país y de sus ciudadanos. Pero no habiendo diferencias claras en esto, claro que hay muchos otros factores por los que preocuparse. El principal, el convencimiento con que cada uno crea en esta forma de gobierno y, relacionado con esto, la capacidad para hacer un mejor diagnóstico de los problemas y sus soluciones. Pero hay muchos más: el castigo a la corrupción, los equipos de personas que van a formar gobierno, el conocimiento, la experiencia de gestión, la capacidad de influir en Europa, las mochilas, esas tan pesadas que llevan muchos, el clientelismo a determinados grupos sociales o económicos. Hay muchas cosas en qué pensar y analizar, pero también, claro, hay mucho riesgo de equivocarse y éste es uno de los grandes problemas de la democracia, el que apuntan con sorna las «meritocracias» de China o Singapur: un factor clave en las elecciones es quién explica mejor su programa, lo cual no quiere decir que sea el mejor capacitado para gobernar. Y eso sin contar con todos aquellos que votan por la corbata o por la coleta.
Mientras tanto, la campaña y sus números de circo, la constante y persistente prevaricación de las palabras, que diría el Quijote, las tertulias donde se dice que Podemos es extrema izquierda y que Ciudadanos es un partido neoliberal. La ilusión embriagadora y el pavor real de mucha gente a que gobiernen unos u otros.
He visto gente irse de un restaurante porque sólo servían Pepsi y ellos querían Coca.

Ramón,
Yo no voto nunca, salvo en las primeras elecciones en las que pude votar (la inocencia de la juventud). De hecho siempre me ha parecido un acto bastante vano y sin sentido. Por las siguientes razones:
1.- El título del blog, nada más que añadir
2.- No creo que afecte a mi vida, creo que irá igual de mal o de bien con unos o con otros.
3.- El margen de acción del gobierno es muy reducido considerando todas las restriciones (acuerdos internacionales, unión europea, competencia..)
4.- No me considero capacitado para evaluar con los datos de que dispongo qué candidato es mejor
5.- Mi voto por sí solo (siendo de Alcorcón, creo que en Soria lo tienen mejor) solo cambiaría el sentido de un diputado en caso de una carambola casi cósmica, por lo tanto vote a uno u otro no es decisivo. Si se diera la carambola, haría falta otra carambola para que ese diputado cambiara el curso del gobierno.
Y resumiendo, me importa bastante poco quien mande. Si me importara realmente, votar no sería suficiente (ver punto 5). La unica forma de influir es convencer a otros y el proselitismo nunca fue mi fuerte…
Un saludo.
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