Orlando maneja un Lada que tiene que dejar caer un poco para que arranque. Me recoge del aeropuerto y me lleva por carreteras bien asfaltadas y oscuras. Está indignado porque el gobierno le acaba de quitar la compota a su niña de tres años. A los siete, le quitarán la leche. Dice que espera que algún día estos dirigentes recompensen al pueblo por no haberse rebelado todos estos años. Que le recompense escuchándole.

Soy uno de los más de 3 millones de personas que visitan Cuba cada año. Siempre que viajo a algún lugar pienso en el efecto contaminador del ejercicio del turismo. Con nuestras cámaras disparándole a todo y ese constante afán por empatizar sobre actuadamente, afectamos siempre el objeto observado de manera que nunca sabremos si es real o impostado. Esto es aún más evidente en Cuba, donde se da la circunstancia poco habitual de que uno se pueda meter en los rincones más lumpen sin miedo a ser asaltado. El turismo en los callejones de La Habana Vieja tiene un carácter voyerista muy marcado, donde el observador disfruta de un paisaje insólito de la pobreza y el observado desnuda sus miserias con placer igualmente evidente. Acá el dólar se llama peso convertible y es un Dios que se escapa del influjo del socialismo cubano.

DSC05395

No hay voyerismo en la percepción de la autocracia, que no se contempla, que es sutil pero igualmente evidente. Alrededor del Hotel Plaza, se puede ver a mucha gente buscando la señal wifi con la que navegar con tarjetas pre-pago que cuestan 5 dólares por media hora de una conexión lenta e intermitente. A ningún cubano se le ocurre saltarse un semáforo o consumir drogas, según ellos hay policía en cualquier esquina. Yo no vi más policía que en otras ciudades de otros países y más bien me vino a la mente esa fábula india del elefantito que lucha por liberarse de una cadena que lo mantiene preso y que años más tarde, ya más grande y con la fuerza suficiente para zafarse, nunca vuelve a intentarlo.

Lola tiene las cejas delineadas y mucho miedo a que la vean pasear con un extranjero. Trabaja como enfermera por 30 dólares al mes con los que poco podrá comprar en un país en el que unos zapatos cuestan 15. Es el precio que paga Cuba por no producir lo suficiente, el precio por importar casi todos los bienes de consumo. Entre 2007 y 2009 Cuba importó 80% de la comida que necesitaba el país. Su caso no es aislado, 30 dólares es el sueldo medio en Cuba para los que trabajan en empresas del gobierno, la mayor parte de la población.

La revolución independentista de Fidel Castro nació en un mundo partido por la mitad, en medio de una guerra entre súper potencias que le obligaron a elegir y a dibujar una historia que no era la que él había prometido y, supongo, tampoco la que él había imaginado. Para desgracia de los cubanos, su país y su presidente se convirtieron en referentes mundiales de orgullo y resistencia ante el «imperialismo yanqui», de tal manera que esta bandera se convertiría con el tiempo en su principal y casi único activo. Fidel, tristemente, se rindió a estos aromas y al del ejercicio eterno y omnipresente del poder que le alejaron de la humildad y el pragmatismo. El embargo (bloqueo, dicen los cubanos) por parte de Estados Unidos tendría que haber sido visto por Fidel desde hace muchos años como una batalla perdida, reconocer la derrota y crear a partir de ésta un sistema más sostenible de generación de riqueza con el que cumplir sus objetivos, su verdadera guerra: promover la igualdad erradicando la pobreza e instaurando una educación y sanidad públicas de calidad al acceso de todos los cubanos. Esta Revolución no supo evolucionar sino hacía una satrapía que en muchos puntos acabó dándose la mano con aquella a la que derrotó. Hoy en día sólo una parte de la población, principalmente gente mayor, padece de Síndrome de Estocolmo tras tantos años de secuestro. Los jóvenes quieren otra Cuba, aunque nadie sabe exactamente cuál.

DSC05401

Cuba se enfrenta ahora a estas derrotas sin convicción ni herramientas. El país no está preparado. Sigue teniendo mejor esperanza de vida, más años de escolarización por habitante, menor mortalidad infantil y mejor índice de desarrollo humano que la mayoría de los países latinoamericanos (y que la población negra de Estados Unidos). Pero, ¿sobre qué cimientos? A finales de los ochenta, el índice Gini de desigualdad ponía a Cuba al nivel de los países nórdicos. Hoy está al nivel del resto de América Latina, y esto después de una apertura muy controlada a la iniciativa privada que han aprovechado unos pocos para enriquecerse. Lo que va a suceder en los próximos años es muy peligroso. Por ejemplo, en relación a la corrupción, el sistema cubano ha sido muy efectivo si se compara con los países de su entorno en cuanto a su control y todo esto se puede tambalear ante una entrada masiva de inversión extranjera.

Nelson es muy crítico con el gobierno. Está bien informado acerca de política internacional, de los motivos de la bajada del precio del petróleo y tiene su propia opinión sobre la evolución que puede tener el acercamiento entre Obama y Raúl Castro. Dejó de trabajar en un banco en el momento en que le prohibieron cobrar propinas y ahora lleva y trae turistas en un taxi con el que dice que saca 400 dólares mensuales netos. Desde su época escolar tiene una nota en su expediente que lo etiqueta como elemento peligroso con potencial subversivo.

En una cafetería de La Habana Vieja un violín, una flauta, un contrabajo y mucha percusión tocan para los turistas que se pueden pagar un mojito mientras en la calle un grupito de cubanos con aspecto indigente baila la música con parejas imaginarias y ríen a carcajadas contagiando su alegría a los que estamos cerca de la ventana. Uno se va de Cuba con el corazón encogido y muchas ganas de regresar.

DSC05346