Se dice, y no hay mayor verdad, que es la sociedad entera la que nos educa desde pequeños. La familia, la comunidad en que uno crece y la escuela son un mar de influencias que moldean los conocimientos y valores del niño, transmitiendo virtudes y defectos como si fueran indivisibles. Los padres, además, solemos repetir con nuestros hijos la forma en que fuimos educados, aun a sabiendas o con la sospecha de que parte de la misma puede ser errónea. Más de una vez he oído esta frase en boca de algún papá: a mí me educaron así y tan mal no he salido.

Martí dijo en el siglo XIX que sólo a través de la educación se puede alcanzar la libertad, una idea más vigente que nunca en nuestro mundo de los teléfonos inteligentes y el big data. Al calor de Martí y en un contexto diferente se gestaron en el México de Lázaro Cárdenas programas de alfabetización y educación (socialista) que pretendían llegar a todos los rincones del país. Dejando a un lado el afán de adoctrinamiento, no se puede ignorar el acierto de esta iniciativa en favor de la igualdad social. Por desgracia, estas ideas y este empuje no tuvieron la evolución adecuada y las buenas intenciones se fueron diluyendo secuestradas por los intereses particulares de quienes manejaban los sindicatos y el gobierno, por las guerras de poder y por ese acostumbrarse a las barbaridades que es México.

Lo cierto es que la situación de la educación en México a día de hoy es terrible. El 54% de los alumnos de 15 años no alcanza el nivel mínimo aceptable en matemáticas según las pruebas PISA. Además, menos del 1% alcanza un resultado de excelencia frente a un 13% de media en la OCDE. En lectura, este dato es de un 0,5% frente al 8%. Ni siquiera la élite está a salvo a pesar de las diferencias en el índice de calidad de los recursos educativos. Los niños canadienses más pobres obtienen mejor resultado que los mexicanos más ricos. Mientras en Japón se discute si debe volver a haber escuela los sábados, hay muchos alumnos en México que se han acostumbrado a que el profesor se ausente, a menudo involucrado en huelgas y manifestaciones. En 2014-2015 los alumnos de Oaxaca perdieron más de un mes de clase por estos motivos.

México destina alrededor de un 5% del PIB a la educación, una cifra similar a la de los países más avanzados. Debería ser suficiente, pero no lo es. La incapacidad para que los recursos económicos se traduzcan en una educación de calidad es sintomática. Elba Esther Gordillo , líder durante décadas del sindicato mayoritario de maestros (SNTE) fue detenida en 2013 por lavado de dinero y delincuencia organizada. La fortuna acumulada durante sus años en la política parecía ser de sobra conocida. México se acostumbró durante años a ver que la carrera profesional de un maestro dependiera de su fidelidad al sindicato y que las huelgas en las que los niños pierden muchos días de clase al año fueran un instrumento de presión política y de poder. A que la calidad del sistema educativo quedara relegada como un debate inútil. Este crimen a la luz del día, esta estocada a los derechos de los menores ha tenido varios cómplices: sindicatos, gobiernos federales y estatales y gran parte de la sociedad que miraba para otro lado. El daño causado es irreversible y ha supuesto una condena de por vida a varias generaciones afectando principalmente de los estratos más pobres. La ceguera colectiva impedía ver que permitir la utilización de los niños y maestros para intereses particulares y que no luchar hasta vencer por una educación de calidad ha sido, además, un suicidio económico colectivo. ¿Increíble? No tanto. Por desgracia el sistema educativo mexicano no ha sido en estos años sino una caricatura verosímil de la generalidad, de unos sistemas institucionales y económicos enormemente extractivos.

Pero algo está sucediendo que invita al optimismo. Lo primero y más importante es que el debate ha llegado con fuerza a la calle y a los medios (o al revés). Mucho han tenido que ver el documental De Panzazo, el caso espeluznante de la guardería ABC o la presencia de organizaciones como Mexicanos Primero. La reforma educativa de Peña Nieto parece estar en la dirección adecuada. Se la critica diciendo que más que una reforma educativa es una reforma laboral del profesorado, pero es que precisamente ahí está el acierto, en regularizar la selección, la formación, la organización y el incentivo profesional a los maestros. Se pretende acabar con la herencia, venta o renta de plazas, establecer oposiciones de acceso, mejorar la formación del maestro antes y durante su vida profesional, incluir el despido como una solución de último recurso pero necesaria, incentivos al crecimiento del docente basados en el mérito, organizar la profesión como se organiza cualquier empresa, dando un papel central a los directores y supervisores. Todo ello tan elemental como difícil de llevar a cabo, pero algo por lo que comenzar. Una de las principales dificultades en su puesta en funcionamiento es que el gobierno federal sólo tiene facultades normativas, las operativas están transferidas a los estados. Y esto es chocar contra un muro en lugares como Oaxaca, Chiapas, Guerrero o Michoacán.

Desde luego que es un reto enorme. «Yo soy yo y mi circunstancia», decía Ortega y Gasset. En México hay un 55 millones de pobres, 5.4 millones de personas que no saben leer ni escribir, 10 millones de analfabetos funcionales, sólo el 46% de la población entre 25 y 34 años tiene estudios de secundaria, el 93% de los municipios mexicanos no cuentan con una sola librería. Y la violencia: en 2015 se produjeron más de 18,000 homicidios. Pero México tiene que ser ambicioso y apostar porque la educación no vaya a remolque del crecimiento económico sino que sea motor del cambio. El esfuerzo educativo clave para romper la inercia intergeneracional de la pobreza está en la educación temprana (entre 0 y 6 años), por lo que mejorar ésta debería ser uno de los objetivos principales del cambio. Involucrar a los padres, a las comunidades y, en definitiva, mover a la sociedad entera en este empeño educativo deberían hacer que el país convierta a esa gran masa de jóvenes en periodo formativo en capital humano de alto valor, lo cual contribuiría más que ninguna otra medida a un desarrollo económico estable y a una mayor igualdad social. Y, en consecuencia, a mayores probabilidades para que el país por fin viva en paz. Olvídense del petróleo y de la inversión extranjera, México tiene que saltar a ese tren en marcha que cada vez va a mayor velocidad, el de la «learning society» de Stiglitz .

Tampoco se parte de cero. Con todo, la educación mexicana es la segunda mejor de latinoamérica después de la chilena. Pero sobre todo porque éste es un país orgulloso, que se mira constantemente en el espejo de los más avanzados, que cuenta con líderes intelectuales brillantes, en el que la clase media tiene cada día un peso más importante y en el que la familia y el respeto a las madres y a la infancia están extraordinariamente arraigados. Esperemos que ahora sí triunfe el México bueno y no el malo.

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