Kazuo Inamori debería ser reconocido como uno de los sabios de nuestro tiempo. Japonés, fundador de Kyocera, presidente de Japan Airlines, sacerdote budista, es de esas personas que sintetizan el modo de ser de un país. Hoy octogenario, dice que la vida tiene tres etapas. Los primeros 20 años son de preparación, los siguientes 40 son los años productivos, de contribución a la sociedad, y los 20 últimos los debe pasar uno preparándose para la muerte.
¿De verdad podemos prepararnos para la muerte? Cómo hacerlo si incluso negamos la evidencia de nuestro propio envejecimiento. La sorpresa más grande en la vida de un hombre es la edad, dijo Tolstói.
Es muy probable que Steve Jobs creyera en algún momento que era Dios. Millonario a los 26, hecho a sí mismo con singularidad, superdotado y genio para crear y para convencer, fue capaz de ver y moldear el futuro de nuestras sociedades como pocos lo han hecho. Su ego enorme, que parasitaba succionando insaciablemente la autoestima de quienes trabajaban con él, se encuentra con un cáncer de páncreas con 49 años. «Recordar que algún día estarás muerto es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder», dice en su famoso discurso de Stanford, cuando vivir algunas décadas más parecía ser su principal anhelo.
Experimentar la cercanía de la muerte parece vivirse como una experiencia reveladora. Así le sucedió a Goethe. Con 74 años escribió la Elegía de Marienbad «producto de un estado de la más extrema pasión». El considerado mayor sabio de Alemania en su tiempo acababa de superar una enfermedad muy grave y la sensación de renacimiento lo devuelve a su edad madura transformándolo en una especie de viripotente anciano que revolotea a las mujeres hasta la media noche, busca el amor de las más jóvenes igual que lo hiciera cincuenta años antes y le llega a pedir la mano a Ulrike von Levetzow, una jovencita de 19. Así nos lo cuenta Stefan Zweig en Momentos Estelares de la Humanidad, un libro maravilloso.
¿Entendemos algo de la vida? Los estoicos consideraban la injusticia, la pérdida de un familiar, el sufrimiento en general como una oportunidad para alcanzar la virtud. Los anacoretas dedican su vida contemplativa a la oración y a la penitencia esperando hallar recompensa en el Reino de Dios.
La muerte es sibilina e inevitable, pero lo que la vuelve terrible es que nos recuerda nuestra insignificancia. Miramos hacia otro lado, huimos, nos rebelamos inútilmente contra ella, inventamos mil consuelos. ¿Para qué? La muerte no sólo nos proporciona la posibilidad del renacimiento como le ocurre a Goethe o a Verónika, el personaje de Paulo Coelho en Verónika decide morir, sino que es ese punto fijo que debería liberar en lugar de enclaustrar nuestra existencia. Como dice Steve Jobs, como dice Heidegger.
¿Tiene sentido que, como dice mucha gente, los primeros y los últimos 20 años de vida sean los más felices? ¿Qué pasa con esos 40 años de en medio? Una cosa es clara. Vivimos sin darnos cuenta de que la mochila más pesada que cargamos no es la del pasado, sino la del futuro. La trampa de creer que vamos a perder lo que nunca tuvimos, mientras perdemos lo único que de verdad poseemos. Este día, esta hora, esta charla con una amiga, esta canción, esta taza de infusión en la mano.


Hay que mencionar a Gianluca Vacchi, que si bien no es el gran genio, si sabe disfrutar la vida. Un saludo Ramon
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Cada dia escribes mejor
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Carpe Diem.
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