Ha regresado a España un opiáceo que llevaba tiempo fuera de moda. Ha entrado primero por Cataluña, donde se han visto familias completas rebosando alegría, arropadas por esteladas, muy modernos todos, a qué niño no le va a gustar una bandera con ese nombre. Qué fiesta, qué felicidad da la lucha. Los escudos humanos. Y después, porque no fue antes, los otros, que han planchado la tela que tenían guardada desde la penúltima Eurocopa y a los que se ve con la cabeza más alta, henchidos de gozo, rejuvenecidos. Para fiesta tuya, fiesta la mía, y a ver quién hace más ruido, que nosotros también sabemos de alucinógenos. Por más que llevaran cuarenta años guardados en un cajón.

Nunca había percibido ese estado de animación que me llega desde España. Teníamos los éxitos deportivos, claro, nuestra metadona. Ahí sí estaba permitido besarse el escudo y escupir al rival. Tarareábamos el himno y gritábamos cada gol, un ritual fraternal que quedaba en el olvido cinco minutos después de terminado el partido. Pero ahora ya pocos tuitean los éxitos de Nadal porque éstos se quedan en nada frente al oprobio. No hay pasión más fuerte que la que proporcionan las banderas y la afrenta del enemigo. Las imágenes son claras y los medios lo explotan con altísimas audiencias. El enfrentamiento está servido, a cada victoria le sucede una derrota y a ésta, suponemos, una nueva victoria. A las esteladas, a los palos, a la señora triunfante porque le sangra la nariz le suceden la rojigualda, el toro, la mayoría silenciosa, los señores con la bandera como capa a modo de Superlópez.

Fue Rainer Maria Rilke el que dijo eso de que “la única y auténtica patria del hombre es su infancia”. En el Combray de la mía (que se llama Mollina), se hablaba de las cosechas, de lo poco que llovía y de lo buenas que estaban las croquetas y las magdalenas, en según qué casa. De la nación, poco o nada. Percibía al menos que la política era un asunto tenso, un tema circunscrito a la esfera privada a pesar de que por fin había llegado la democracia. El pasado se mencionaba brevemente y con la mirada en el suelo. La memoria alcanzaba más para los años del hambre que para los años de la guerra.

De ahí soy, de esa tierra, de esos sabores y de esos días de verano. Pero no soy solo eso. Con el tiempo se le van adhiriendo a uno diferentes identidades, todas circunstanciales, muchas casuales. Entre ellas, las nacionales, que surgen inevitablemente del roce diario con el lugar donde uno vive, con la prensa que uno lee y la radio que oye. Exceptuando la identidad religiosa, que es siempre excluyente de otras, el resto se acumulan conformando una mezcla en la que todos los elementos suman. Uno no puede ser católico y musulmán a la vez, pero sí puede ser español y mexicano sin tener que elegir una por encima de la otra. Es mi caso. Y por eso me preocupan más las cosas que pasan en Mexico y en España que las que suceden en otros lugares del mundo. Digo que soy español y mexicano porque es una realidad, legal y administrativa. Digo que me preocupa lo que pasa en México y en España porque me afecta directamente y porque afecta a las personas que más quiero. Lo digo y actúo, en la medida de mis posibilidades. Pero no digo que me sienta español o mexicano. No lo digo porque no concibo amar a un dibujo en un mapa o a un escudo como si tuvieran vida propia. Ni tampoco a todas las personas de un país, sin distinción y por encima siempre de las personas de otro país. No tiene sentido.

Siempre he pensado que el espectáculo tribal del independentismo catalán abriría los ojos de los españoles, fuera y dentro de Cataluña, que rechazarían para sí y para siempre las identidades totalitarias. Pero esta esperanza se desvanece cuando leo, por ejemplo, que algunos políticos y muchos ciudadanos hablan de lo listos que fueron los catalanes al secuestrar la pedagogía, la educación y los medios, y que el Estado español debería hacer lo mismo. Españolizar o catalanizar sustituyen a la ambición de vivir en una sociedad educada en el ideal ilustrado. En el raciocinio y en la tolerancia.

“Cada nación se burla de las otras y todas tienen razón”. Otra frase que tenemos que recuperar. Ésta lo dijo Schopenhauer.

 

 

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