La monumental de México es un lugar inverosímil el día de la corrida. Los puestos de tacos alrededor de la plaza son los mismos de siempre, con sus platos de plástico, sus refrescos en bolsa y sus toldos cubiertos por el polvo gris que tiñe la ciudad entera. Pero hoy la clientela viene disfrazada con atuendos de otra época, de otro lugar, de un espacio-tiempo inciertos. Los mismos cuerpos crasos que disfrutan de las garnachas en cualquier esquina de la ciudad, aparecen hoy enconsertados en chalecos verdes de rombos, gafas de sol a la moda, sombreros vaqueros y mechas rubias, muchas mechas rubias. Los rollizos se deslizan lentamente a la plaza, donde huele a puro, a carajillo y a colonia de feligrés en domingo. Todos miran por encima del hombro estirando el cuello. Una romería ferial sin falta: el cante jondo, el baile flamenco, las sevillanas, las castañuelas, el suéter de pico, los zapatos limpios, el pelo apretado y grasiento. Los colores de la bandera de España están presentes en cada detalle y algunos asistentes los exhiben con orgullo. Pasa en otros lugares de la ciudad, pero en ninguno como este se vive y se representa la nostalgia de un país, España, idealizado como el recuerdo de una foto, mezclado y evolucionado, con carácter propio.
El Bernabéu también bulle el día del clásico. 23 de diciembre, acaban de caer Cataluña y el gordo. Mañana hablará el rey. Imaginé un ambiente patriótico antes del partido pero se habla otro idioma. La colonización de nuestros días: árabes, chinos, americanos, hindúes. Más inglés esperanto que castellano. Igual que en el vestuario. No faltan las banderas y el escudo del toro, por supuesto, pero no hay más que en los balcones del centro de la ciudad. Muchos micrófonos, mucho selfie, sensación de privilegio por ver en directo esa jugada que se analizará como si hubiera durado horas y no unos pocos segundos. Como si fuera consecuencia de sesudos razonamientos e inversiones millonarias y no del azar de la espinilla del portero que desvía el tiro a puerta. Los jugadores salen al plató bien peinados y muy serios, conscientes del espectáculo global: dicen que una décima parte de la población mundial los estará viendo. Y entre todo esto sucede algo que aún me produce escalofríos: es la hora de la comida y no he visto a nadie sacar el bocadillo hecho en casa.
La corrida para los no entendidos: el torero español que se pasea y se queja, aires de hidalgo en tierra lejana. No hace nada, pero acumula aplausos. El torero de Aguascalientes que recibe a puerta gayola, que se arrima, que saca un sombrero charro para matar y que casi tiene que desaparecer bajo su anchura mítica. Se lleva una pitada que aún resuena en mis oídos no educados a tanta crueldad. A tanta sangre, a tanto desprecio.
El fútbol para los entendidos: el Madrid sale derrotado porque su entrenador les ha dicho que los del equipo rival son mejores. Perderán si juegan como siempre, hay que cambiar la alineación. No vayamos a hacer el ridículo. Y Messi se ríe de todo esto sin disimulo. Le han dado alas. Se crece y provoca, se desmarca de sus compañeros para saludar al público orgulloso de sus hazañas. Sabe que los amores secretos se expresan con disimulo y que aquí, a él, le quieren más que al otro. Puede ser que más que en Argentina. Ya sabemos que nadie es profeta en su tierra.
Toreo y fútbol evolucionan y lo seguirán haciendo. Las manifestaciones culturales tienen vida propia, se nutren y erosionan con el paso del tiempo, en un camino inevitable hacia el mestizaje. Defender su pureza es tan absurdo como destructivo. Criticarlas es sano, plausible. Destruirlas por decreto, una tentadora “solución final” imposible.

