Alguien me comentó hace poco que, en algún momento de su vida, su madre quiso que jugara a baloncesto porque ahí todos eran altos. Supongo que su decepción fue enorme al ver que entrenar y jugar con el equipo no hizo que su hijo creciera.
Hace unos días Rajoy fue a la radio con la pedantería y la ineptitud de un concursante del Gran Hermano, no como lo haría un presidente del gobierno. Lo que dijo fue nada y fue todo a través de sus respuestas vacuas y equidistantes hacia los temas más graves que inquietan a España. Sus vaya-usted-a-saber y sus resoplidos zumbones transmitieron con exactitud su desprecio enorme por todo aquel que decidió oír la entrevista y por los ciudadanos que esperan que un jefe de gobierno lidere el progreso social de su país. Su partido está metido en problemas de corrupción muy graves, asuntos que no son puntuales, ni anecdóticos, ni aislados, y por los que cualquier persona decente se avergonzaría. Ellos no. Lejos de hacerlo, han tomado el camino más irritante: la ignorancia. Y en ella, ya que estamos, han decidido incluirlo todo, lo que hicieron antes, lo que hacen ahora, lo que sucede en su país y lo que podría suceder si no cambian muchas cosas.
Ese mismo día, Macron dio una conferencia en el Foro Económico Mundial. Mezclando a ratos el francés y el inglés, explicó en un buen discurso sus planes ambiciosos para Francia y para Europa. Mencionó algunos de los retos a los que se enfrenta el mundo, el calentamiento global, la desigualdad, la inmigración, el impacto de la digitalización. Habló de los defectos de la globalización, de los excesos del capitalismo. De cambio cultural pero también de la fortaleza de los valores de Europa, tan obvios para los que hemos vivido en otros lugares, tan importantes en un mundo que ya es geopolíticamente multilateral. Lo hizo en el tono adecuado, sin la perfección oratoria de Obama, pero con la pasión que se le supone a un líder. Lo tiene difícil, fracasará en algunos asuntos como ya lo está haciendo, tendrá que templar su ambición en otros. Tendrá que reconocer errores de partida y ser paciente y consciente de que el impacto de un presidente de gobierno siempre trasciende al tiempo actual. Pero hasta el momento nadie le puede reprochar que no esté haciendo lo que cree que es lo mejor para su país y que lo esté haciendo con responsabilidad, con energía, con diagnósticos bien articulados y con la ambición de convencer a todos.
Malraux, otro francés, dijo que no es que las naciones tengan los gobernantes que se merecen, sino aquellos que se le parecen. Esta semana sentí una vez más que, aunque España entró hace más de treinta años en la Unión Europea, esto no ha obrado aún el milagro de que pueda crecer y estar a la altura.


Fantástico
Me gustaMe gusta
Buena reflexión en la que lo más inquietante es la cita de Malraux; ¿de verdad nos estaremos pareciendo, como país, a Rajoy?. Y muy ilustrativa la foto donde Macron parece estar expresando con su sonrisa:¡vaya mala suerte que tienen en España!.
Me gustaMe gusta
¿Nos parecemos a Rajoy? Si el país fuera una persona, Rajoy sería la grasa abdominal. Ésa que algunos no vemos en el espejo, pero que ahí está, siempre está. Y que sólo nos escandaliza cuando es muy evidente.
Me gustaMe gusta
Muy buena reflexion. Me ha gustado mucho. Es la primera vez que te leo. Voy a echarle un vistazo al resto de articulos
Me gustaMe gusta
Ramón… en ocasiones es bueno vivir sin la información que los medios informativos transmiten. La información de voz en voz también es peligrosa…
Me gustaMe gusta
Wow ! Ya será un año de tu redacción, qué asertivo !
Me encantó leerte hoy.
Me gustaMe gusta